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Una Casa para todos
ANETT RÍOS JÁUREGUI
COMF no son siglas muy
conocidas entre los cubanos. En todos los municipios del país al
menos una casa exhibe un cartel con estas siglas; más visible y
grande, menos atractivo y antiguo, no importa, existe. En las
grandes urbes de la Isla, donde el trabajo de las instituciones
comunitarias resulta más anónimo, puede que los habitantes pasen
una y otra vez frente a la puerta de las COMF, Casas de Orientación
a la Mujer y a la Familia, sin tener la menor idea de qué se trata.
En la COMF del municipio de Plaza, en
la capital, el curso de peluquería
se imparte en uno de los pasillos.
Sin embargo, tan solo en
el primer semestre de este año, casi medio millón de cubanos
visitaron las COMF, una cifra importante si se tiene en cuenta su
poder multiplicador, si se piensa en cuántas personas necesitadas
de orientación y ayuda especializada pudieron encontrar respuesta a
sus necesidades.
No sustituyen a otras
instituciones sociales, no son un hospital ni una escuela; estas
Casas de Orientación, un proyecto de la Federación de Mujeres
Cubanas (FMC), tienen ya más de una década de experiencia y miles
de activistas y colaboradores profesionales. Trabajan a partir de
diagnósticos para conocer los problemas de la gente en la
comunidad, por lo que reciben a mujeres y hombres de cualquier edad
con distintos problemas.
Las COMF brindan
orientación individual y grupal que puede ser educativa, jurídica,
sexual, de salud, de empleo, aspectos relacionados con la cultura,
economía y convivencia familiar, entre otros. Imparten cursos de
capacitación y adiestramiento, y extienden su labor a las
comunidades directamente.
Según Oneida Broche,
funcionaria de la esfera de Trabajo Comunitario de la FMC, hay
logros fundamentales: la aceptación de las Casas entre la
población que las conoce; la capacitación de muchas personas en
los diferentes cursos; lograr que los hombres se acerquen sin
prejuicios a solicitar ayuda como mismo lo hacen las mujeres; y
agrupar en equipos de trabajo a profesionales de distintas
especialidades (pedagogos, médicos, juristas, sexólogos, por
ejemplo) de manera totalmente voluntaria.
Una de las Casas más
importantes del país, por su alcance, historia y resultados, es la
del municipio Plaza de la Revolución, en la capital. Su
coordinadora, Mirta López, asegura que el espacio se les ha
agotado. En una mañana cualquiera hay clases de costura en el
portal; clases de peluquería en los pasillos; en el patio trasero
una profesora está al frente del programa Educa a tu hijo, rodeada
de niños y padres.
A las oficinas
constantemente llegan personas para recoger sus diplomas de
graduación de distintos cursos (Computación, Cocina, Tejido,
Masaje, Técnicas de Venta, entre varios más); o para solicitar una
consulta jurídica o de orientación psicológica.
Algunos servicios se han
trasladado a locales de la comunidad. Los cursos son muy populares,
la demanda para matricular es alta, mientras que a las consultas
(también se incluyen de psiquiatría para adultos y niños,
sexualidad y adicciones) los interesados vienen generalmente
después de escuchar la recomendación de las dirigentes de base de
la FMC.
Pero no todas las Casas
del país están en locales apropiados, ni pueden realizar cursos de
adiestramiento. La divulgación también es insuficiente, aunque de
vecino a vecino, en las emisoras locales o a través de los medios
de prensa se ha ido hablando sobre el tema.
Las COMF, siglas
cargadas de significado para unos, aún ignoradas por otros, han
tenido una misión fundamental: propiciar la reflexión y el
aprendizaje, brindar nuevas posibilidades a los niños, a los
adolescentes, a las amas de casa, a la población de la tercera
edad, a los jóvenes desvinculados del estudio o del trabajo. Lo que
en sus inicios fue un lugar de apoyo vital para las mujeres y la
familia durante la década del noventa del siglo pasado, con los
años se ha convertido en un espacio de desarrollo para la gente;
literalmente, en una casa con las puertas abiertas para todos. |