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Pueblos indígenas
Que el gemido de siglos se torne canto de cada
día
Pastor
Batista y Franklin Reyes
Enviados especiales
VENEZUELA.— Tal vez
para un africano, un asiático e incluso para un europeo, el 12 de
octubre no tenga mayor trascendencia en estos tiempos. Para quienes
integran las 36 etnias aborígenes venezolanas, sí. La fecha fue
escogida como Día de la Resistencia Indígena.
La Misión Robinson ha llegado
hasta el corazón de los Wayuu.
Por ello, el torrente
emana desde todo el país. Nohelí Pocaterra, segunda vicepresidenta
de la Asamblea Nacional y diputada en nombre de esos pueblos, afirma
que han acudido unos 400 representantes de las comunidades.
Por el interés que
despierta en el Paseo de Los Próceres la excelente feria artesanal,
con motivo de esta cita nacional, podría decirse que la cifra se
multiplica varias veces.
Es una de las tantas, y
tan pacíficas, maneras de hacer constar el hecho real de su
presencia sobre este continente cinco siglos después de aquel
primer contacto entre las dos culturas (aborigen y europea). Y
también expresión del legítimo derecho a que se les reconozcan,
respeten y preserven sus intereses, valores, costumbres, tradiciones
y aspiraciones.
Este primer quinquenio
de sacudida social bolivariana y sobre todo el último año (punto
de despegue de la Misión Guaicaipuro, en defensa de los derechos de
esa autóctona población) no han podido borrar la dolorosa herencia
que han sembrado más de 500 años de explotación, olvido,
subestimación, marginación y exclusión, por parte de gobiernos a
los que poco o nada les interesaron la situación o las perspectivas
de esas etnias.
Tal vez por ello —con
esa virginal gratitud que suele quedarles congelada en la pupila—
los miembros de la etnia Kariña, en la cuenca del Orinoco, se
estremecen, bailan, cantan y buscan las mil maneras de congratular
al médico que por vez primera les sitúa ese "aparato extraño"
llamado estetoscopio.
Y allá, en la Alta
Guajira, donde las olas del Mar Caribe besan una y otra vez los
desnudos pies del Zulia, una mujer de la etnia Wayuu suspira, se
enternece y hasta gime, dichosa y al mismo tiempo avergonzada de que
sus nietos la vean aprendiendo las vocales y los números.
Qué más quisiera este
Gobierno que revertir cuanto antes el deplorable panorama que
atraviesan comunidades como las ubicadas allí o en zonas como las
de Tucupita, cuyos miembros sobreviven en notable pobreza.
Pero tal realidad no
queda en el subjetivo plano de buenas intenciones. A la par de la
inserción de esas etnias en la vorágine de las misiones
educativas, de salud, programas de empleo, acceso a la cultura, al
deporte y a otros derechos, funciona una comisión presidencial,
encargada de examinar el asunto de la propiedad colectiva de esos
pueblos y propiciar el cumplimiento de ese sempiterno sueño
aborigen.
Dentro de la nueva
Misión Vivienda, hay planes para dignificar el hábitat y las
tradiciones de esos pueblos, en tanto la Asamblea Nacional discute
el proyecto de Ley Orgánica de Población Indígena, previamente
analizado en las comunidades.
Por ello, más allá de
esa melancólica mirada que condensa la agonía de siglos, también
puede leerse un destello de esperanza en la pupila y en el rostro de
esta humilde gente, que quizás nunca imaginaron alojarse en los
hoteles del centro de Caracas o caminar por el majestuoso Paseo de
Los Próceres.
Con esa misma seguridad
irán hoy martes al Panteón Nacional, acompañarán al presidente
Hugo Chávez para honrar con flores el honor y la valentía del
cacique Guaicaipuro (símbolo de rebeldía frente a la
colonización) e inundarán de bailes, cantos, poemas, de cultura y
de genuinos valores ese gigantesco teatro llamado Teresa Carreño
donde, por cierto, jamás un indígena puso el pie, ni levantó una
mano, ni dijo una palabra hasta el día en que este pueblo eligió
al actual Gobierno. |