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Otro martillazo al bloqueo
JOAQUÍN RIVERY TUR
El campo socialista se
había desgranado rápidamente, y los ideólogos en aquellos tiempos
lo presentaban como el modelo de la reconversión capitalista. El
mundo vería en lapso corto la cantidad de desempleados,
prostitutas, niños de la calle, delincuentes y millonarios que era
capaz de crear la Europa del Este transformada en tiempo récord.

Parecía que la historia
humana inauguraba un universo de pesadumbre, de declaraciones
belicosas procedentes de Washington que abrían en los dirigentes de
la izquierda un derrotismo deambulante que los hacía semejar
náufragos sin escapatoria en la tormenta política e ideológica.
Dentro de la Unión
Soviética, los procesos de su descomposición se aceleraron, la
acercaron a su desaparición total como conglomerado de pueblos con
una potencia laboral, técnica, científica, económica y militar
que servía de contrapeso al imperio norteamericano.
Fue aquel año también
el de la Guerra del Golfo, cuando Bush padre empleó a Iraq para
probar cientos de armas letales y modernas y aplicar el denominado
Memorando Breckenridge que querían emplear en nuestro país para
luego apoderarse completamente de él.
Por esos hechos se puede
juzgar también el momento que atravesaba Cuba, con una economía
que había comenzado a sentir la pérdida de los justos convenios
comerciales, económicos y financieros con las naciones socialistas,
solidarias con la Isla y propulsoras de un nuevo tipo de relaciones
entre estados con desiguales desarrollos, y faltaba poco para que se
cumpliera la profecía de Fidel de que incluso si un día
desapareciera la Unión Soviética, Cuba seguiría sola su camino
por el socialismo.
En esas circunstancias,
al parecer tan adversas, el Gobierno Revolucionario planteó en la
Asamblea General de Naciones Unidas la necesidad de poner fin al
bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos de
América contra Cuba, un tema que había sido aprobado poco antes en
Accra, Ghana, por los ministros de Relaciones Exteriores del
Movimiento de Países No Alineados, es decir, llevaba ya un apoyo de
la más extensa agrupación política internacional del Tercer
Mundo.
EL MÉTODO
NORTEAMERICANO
Inmediatamente, nuestro
país hizo circular entre los países miembros de la ONU un proyecto
de resolución que tenía tres elementos clave: 1) exigía terminar
el bloqueo; 2) solicitaba un informe al Secretario General sobre su
cumplimiento, y 3) pedía incluir de nuevo el tema en la Asamblea
General del año siguiente.
Washington insistía en
el término del "embargo", cuando en realidad su conducta hacia la
Isla revolucionaria era de una verdadera guerra económica que
incluía e incluye todos los campos, no permitía que se vendiera a
Cuba ni una aspirina y arbitrariamente le adjudicaba un carácter
extraterritorial que nadie ha podido contradecir; ni siquiera la "civilizada"
Europa se atrevía a rechazar abiertamente una política que la
perjudicaba directamente, pues le limitaba sus relaciones con Cuba.
Luego se podría extender el método a cualquier otro país.
La Casa Blanca y el
Departamento de Estado respondieron como lo hacen siempre.
Antidiplomáticos, con alucinaciones despóticas, los dirigentes de
Washington, llenos de ansiedades de dominio planetario alimentado
por guerras delirantes, desataron contra todos los estados
representados en las Naciones Unidas una catarata de presiones para
impedir la discusión y, cuando fue claro que no se podía evitar,
circuló entre todos los gobiernos un documento para que urgieran a
sus embajadores ante la Asamblea General a presionar al Gobierno
Revolucionario cubano a retirar la solicitud.
El gardeo de los
representantes norteamericanos a los diplomáticos del resto del
mundo fue intensísimo por salones, pasillos, cafeterías y
restaurantes y hasta en sus residencias recibían llamadas
telefónicas amenazantes.
El debate había sido
señalado para el 13 de ese mes, mientras en varios países
latinoamericanos se producían manifestaciones y crecía el ambiente
de solidaridad con la Isla, como una peregrinación de jóvenes
ciclistas recibidos en la Embajada de Cuba en Buenos Aires o la
creación de un Comité de Solidaridad en la ciudad de Moreno.
Los representantes
yankis, como afiebrados, multiplicaron su actividad demente ante la
imposibilidad de parar el debate. Parecían montados en un potro
bronco que no podían domar y llegaron a proclamar en la ONU que
incluso la aprobación del documento no traería ningún cambio en
la política hacia Cuba, con lo cual solamente estaban poniendo de
manifiesto que, al final, despreciaban las decisiones de la Asamblea
General, de la comunidad internacional, como tendrían tiempo de
demostrarlo luego.
Lo que sucedía era una
verdadera guerra de amenazas, alusiones directas a ayuda económica
que se podía perder, medidas arancelarias que se tomarían con los
que se solidarizaran con Cuba, créditos que se podían bloquear en
el Fondo Monetario Internacional y medidas similares, sin contar ya
con un grupo de gobiernos de los que nunca dicen que no a Estados
Unidos.
El ambiente era de una
presión brutal y cuando Ricardo Alarcón, entonces representante de
la Revolución en la ONU, tomó la palabra, la dignidad se le veía
enhiesta como una palma y sorprendió a la delegación
norteamericana y a todo el plenario de la Asamblea General cuando
demostró que Cuba comprendía mejor que nadie lo que estaban
soportando los diplomáticos en Nueva York. Solicitó el traslado de
la resolución contra el bloqueo para el próximo periodo de
sesiones, ante las dificultades que otros países se verían
obligados a afrontar por mantener una decisión digna sobre el tema.
A la vez, Alarcón
demostró ante el plenario y el mundo, la verdad de la política
norteamericana hacia la Revolución cubana, denunció algunos de los
numerosos y recientes casos de aplicación extraterritorial de las
prohibiciones de Washington de comercio con Cuba a las empresas
norteamericanas y sus filiales en el exterior, como las sanciones a
las empresas extranjeras cuyos productos contuvieran un determinado
porcentaje de partes norteamericanas.
Podían ser medicamentos
que salvaran vidas de niños, vacunas, máquinas del sistema
Braille, libros, pollos, leche, alimentos variados, amén de que las
empresas no podían introducir al mercado norteamericano ningún
producto que contuviera níquel o azúcar cubano.
El representante cubano
demostró cómo esa política iba cerrando más y más el cerco
alrededor de una Isla indomable, que se veía en la obligación de
pagar precios exorbitantes por productos que costaban mucho menos en
el mercado estadounidense y sufragar hasta las pérdidas de los
armadores cuyos buques transportaran mercancías hacia puertos de la
Mayor de las Antillas, pues después tendrían que pasar seis meses
antes de poder atracar en un muelle norteamericano.
Por eso, en 1992, Cuba
volvió a presentar el documento en el que la comunidad
internacional exige al Gobierno de Washington que cesen el bloqueo y
la guerra económica. Y entonces la Casa Blanca sufrió el primer
golpe demoledor a su política exterior. La resistencia de Cuba a
todas las agresiones y amenazas demostraba ser el camino correcto
cuando 59 delegaciones votaron a favor, tres en contra y 71
abstenciones.
Era solamente el inicio
de una historia que se prolonga hasta hoy. Por once calendarios
consecutivos, los de Miami que quedaron sin empacar las maletas a
principios de los años noventa ya debieran estar convencidos de que
no hay remedio si se trata de doblegar nuestra resistencia por
hambre y enfermedades. Por duodécima vez, la Asamblea General
aprobará la Resolución sobre el tema Necesidad de poner fin al
bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos de
América contra Cuba.
En cada ocasión se han
ido sumando más y más países contra el bloqueo, Washington se ha
visto en la más pasmosa soledad, en la cual únicamente cuenta con
los votos propio, de Israel y las Islas Marshall, un pequeñísimo
Estado del Pacífico que depende absolutamente de Estados Unidos.
El año pasado votaron
179 países a favor de la resolución cubana, solo dos se
abstuvieron y tres, los de siempre, estuvieron en contra.
Ya es incluso muy
difícil que el número de votos continúe aumentando; disímiles
factores entran a jugar (si naciones pobres pagaron las deudas con
la ONU, si se enfermó algún representante o tuvo necesidad de
ausentarse) e incluso el número de votos a favor de eliminar el
bloqueo puede disminuir, sin que eso signifique una mengua en lo
absoluto del apoyo de los países a terminar de una vez con esa
aberración norteamericana. El mundo sabe que también es su lucha.
Y en este 2004 volverá
a dársele un martillazo al bloqueo.
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