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Para despertar el intelecto dormido
IRAIDA CALZADILLA
RODRÍGUEZ
Mirta Oropesa empezó a
saldar una vieja cuenta consigo misma: estudiar en la Universidad.
Virginia Mesa desea ilustrarse tanto que la lista es interminable;
pero, sobre todo, quiere aprender a cuidar su cuerpo y ser más
sociable. Ana Luisa Almagro despierta el intelecto dormido en una
década de jubilación; y Consuelo Goicochea apuesta por seguir
viviendo con su hija buena y sus vecinos todo el tiempo que la vida
le conceda y, de paso, ella ayuda para que se prolongue más.
Desde hace cinco años, la escalinata
de la Universidad de La Habana da la bienvenida a los miembros de la
Cátedra del Adulto Mayor.
Eso dijeron al pie del
monumento a Mella antes de subir la escalinata de la Universidad de
La Habana, por primera vez como estudiantes de la Cátedra del
Adulto Mayor. Por más que quisieron mostrar rostros alegres, allá
en el brillo de los ojos una atisbaba el tránsito entre las
certezas y las dudas. No es fácil, supongo.
Se necesita voluntad
para retomar libros, libretas y lápices, y aplicarse en el estudio.
Y se requiere la comprensión de familiares, amigos y de la sociedad
para que este empeño en la tercera edad sea viable, para que la
longevidad sea no solo el cúmulo de años y experiencias, sino un
estadio de la vida satisfactorio y pleno.
Ellas forman parte de
las más de 15 000 personas que este viernes en todo el país iniciaron el
período lectivo en 606 cátedras: una prometedora cruzada para
aprender a vivir en armoniosa vejez. Antonia Díaz, vicepresidenta
de este movimiento, lo dijo claro: "Necesitamos que nuestros nietos
nos entiendan y para eso es preciso comprenderlos a ellos; queremos
que no nos vean como a enfermos, sino como a personas con fuerza y
entusiasmo para disfrutar cada día".
El Ministerio de
Educación Superior, la Central de Trabajadores de Cuba y la
Asociación de Pedagogos, con vista larga echaron a andar el
proyecto un lustro atrás, y entonces parecía improbable que tantos
ancianos decidieran cada semana suspender por unas horas los
ajetreos de las casas, las decenas de obligaciones cotidianas
impuestas las más de las veces por el resto de la familia que
estudia y trabaja.
Ahora no dedican a ellos
mismos una sola jornada, sino todas aquellas que decidan en
colectivo a favor de una charla, visita al museo, ejercicios, o
cualquier actividad que les instruya y recree. Lo más importante es
cómo elevan la autoestima, se sienten útiles, crecen y se vuelven
a querer a sí mismos.
Josefa Rita Murillo
encontró tantos beneficios cuando cursó los primeros estudios en
la Cátedra, que de ese tiempo recuerda que hasta aumentó dos
kilogramos. Marta Jiménez fue feliz porque le enseñó a
transformarse para sobrevivir con alegría años difíciles para el
ser humano; y Raquel Sueco Reguera agradece a la Cátedra poder
transmitir hoy a los nietos la experiencia de que una vejez
provechosa es posible si desde edades tempranas los hombres y las
mujeres se preparan. Cada primero de octubre, y a propósito del
Día Internacional del Adulto Mayor, los abuelos cubanos ratifican
la obra humanista de la Revolución. |