El cuarto floretista

El cuarto hombre del equipo juvenil de florete no hizo el viaje a Caracas, en 1976. Por eso puede hoy contar vivencias sobre aquellos jóvenes de quienes fue compañero en el deporte y amigo en la vida

VENTURA DE JESÚS

Julio Haedo entrenó siempre con la esperanza de hacer el equipo de florete juvenil que representaría a Cuba en los Centroamericanos de Venezuela, en 1976. No había riesgos de sorpresas: era el cuarto hombre en su especialidad.

El conjunto, integrado por los matanceros Cándido Muñoz Hernández, Valentín Pérez Biart, Julio Haedo Maden y el tunero Carlos Leyva González, había recién regresado de un torneo en la capital rumana, donde alcanzó la presea bronceada por equipos en la modalidad de florete.

Evoca Haedo que era la condición (lograr alguna medalla en Rumania) "para que integráramos la delegación cubana al IV Torneo Centroamericano en Caracas. Era la primera vez que un equipo juvenil iría a un evento de tal envergadura".

Al final, sin embargo, decidieron llevar a dos refuerzos de la selección nacional en cada arma y un suplente general que debía incursionar en todas las modalidades.

Por esa casualidad, el jovencito matancero no hizo el viaje y sobrevivió a aquel acto de barbarie en el que murieron todos sus compañeros.

EVOCACIONES

A la distancia de 28 años de los trágicos sucesos, Haedo ni siquiera se pone a pensar en los detalles que le salvaron la vida, porque hace mucho que decidió, como si dependiera de él, que sus compañeros no tenían porqué haber muerto.

"Cuando supe la noticia de aquel horrendo crimen me quedé perplejo. Me parecía mentira. Enseguida vino a mi mente la visión nada fugaz de mis amigos, con quienes había convivido durante tanto tiempo.

"Aquel fue un día muy triste, y te confieso que no tuve ningún motivo para alegrarme de mi suerte...".

Julio Haedo Madem es licenciado en Información Científico Técnica y labora actualmente en la Estación Ecológica del CITMA en el municipio de Ciénaga de Zapata. Lleva consigo recuerdos imborrables. No olvida, por ejemplo, la táctica del tunero Leonardo Mckenzie Grant.

"Lo observé detenidamente en muchos asaltos. Frente a contrarios de manos y piernas ágiles utilizaba toda su fortaleza, tanto física como psíquica. Finalizaba casi siempre con un salto y un grito emotivo: `O'palee...le, lé...'. Era un atleta muy fuerte y con gran preparación técnica, y en su manera de conducir el combate le impregnaba a cada toque un poco de explosividad."

Del espadista Julio Herrera Aldama, recuerda su acostumbrado zarandeo de hombros durante los asaltos. "Puedo asegurarte que además de ser un excelente esgrimista gozaba de un elevado prestigio como trabajador de avanzada. Era tipógrafo de Edificaciones Sociales y Agropecuarias (DESA). Su esposa se encontraba embarazada. ¡Qué feliz hubiera sido de haber podido conocer a su hijo, al que desde entonces le llamaba `mi negrito'."

A Cándido Muñoz Hernández lo recuerda como alguien sencillo y jocoso, pero con extraordinarias cualidades humanas. Confiesa que nunca pudo ganarle ni un solo asalto. "Estudiaba con profundidad y rigor el plan táctico de combate de sus contrarios. Cuando peleaba disertaba con la belleza de sus movimientos".

Pero en medio de esos tantos otros recuerdos, Haedo conserva uno que comparte a menudo con sus hijos, especialmente cada 6 de octubre. Viene de sus tiempos de estudiante. Es el poema Cortesía, del espadista habanero José Ramón Arencibia. Lo repite con nostalgia.

Ayer cuando iba a la escuela/ en la segunda parada/ montaron muchas personas/ y entre ellas una anciana/ una anciana que tenía/ una sonrisa de canas/ la invité a que se sentara/ y sentí sobre mi boina miradas.../ la sonrisa de mi madre/ y no sé qué cosas raras/ me anudaban la garganta/ cuando le dije: por nada.

28 AÑOS DESPUÉS

Haedo se acuerda de muchas cosas relacionadas con sus amigos. Todavía no puede creerlo. "No tenían más de 17 ó 18 años", dice. "De pronto nos desaparecieron las imágenes reales que teníamos de la escuela y del escenario de competencias. Fue muy duro no poder recibir esas sonrisas victoriosas de nuestros hermanos".

Está convencido de que a pesar de los 28 años transcurridos los autores del crimen tendrán su merecido, en particular el connotado terrorista Luis Posada Carriles, y el asesino Orlando Bosch, quienes a estas alturas gozan de libertad comprada a gente tan siniestra como ellos mismos.

Comenta que el pueblo cubano aprendió a querer a sus hermanos caídos y al propio tiempo reclama justicia con el corazón dolorido. "Es increíble que los responsables de que aquel avión explotara en pleno vuelo no hayan recibido el peso de la ley", confiesa.

Ante el aborrecimiento por el asesinato salvaje, Haedo se acuerda de una frase del propio Arencibia, quien escribió "...no se mella por mucho que taje, no se oxida por mucho que esté a la intemperie...".

 

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