La fecunda existencia de Raúl Ruiz

Ventura de Jesús

MATANZAS.— No creo que Raúl Ruiz le haya prestado mucha atención a la muerte. La enfermedad que en los últimos tiempos marcaba su paso por la Tierra no le restó sentido a su fecunda existencia.

Aunque muchas ilusiones ordenadas debieron quedar inconclusas, el prestigioso historiador cubano vivió (incluso sus más angustiosos días) procurando ser útil, con una entrega menguada por el padecimiento, pero no exenta de la capacidad espiritual con que emprendió toda empresa investigativa.

Se fue sin dar el brazo a torcer, observó un amigo suyo. Y lo dijo pensando tal vez en el rumbo que siempre le dio a su vida, donde tuvo asiento en primerísimo lugar su amor por la Patria y por el magisterio.

Enseñar fue una de sus mejores ambiciones. "El profesor Ruiz" era una frase que encerraba toda su vanidad; su vida fue íntegramente en virtud de la causa revolucionaria, de ahí que su obra (publicó una veintena de libros) cobrara fuerza y tenga derecho a perdurar. Era consciente de que el arte no es una cima inaccesible para las grandes masas.

Estudioso de acontecimientos históricos y culturales de la provincia, dejó asomar en sus trabajos el rasgo distintivo de la matanceridad, aunque él mismo debiera su nacimiento a la región central del país.

Con su deceso pierde la cultura cubana a un destacado intelectual que ostentaba múltiples reconocimientos, entre otros la Medalla por la Cultura Nacional y la de Hijo Adoptivo de la ciudad de Matanzas.

El gran acierto de Raúl Ruiz no fue haber desbordado los límites de la muerte, sino la de habernos legado una obra profundamente humana.

 

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