|
Ritmos del Amazonas en
La Habana
ANTONIO PANEQUE
BRIZUELA
Los
sonidos más identificativos de ese colosal entorno de ocho millones
de kilómetros que es el Amazonas visitaron ayer La Habana a través
de la disertación del colombiano Egberto Bermúdez, uno de los
musicólogos más importantes de América Latina, quien desentrañó
en la Casa de las Américas enigmas rítmicos, expuso teorías, y lo
ilustró todo con diapositivas o grabaciones de sus instrumentos
típicos correspondientes y su articulación ampliada hacia El Caribe.
La riqueza organológica
de
la región merece difundirse.
Solo con un poco de oído
y algo de imaginación, cualquiera de los presentes durante las
sesiones de ayer del Coloquio Internacional Culturas del Amazonas,
pudo, quizás, reconocer en esas prodigiosas herramientas de hacer
música, uno por uno, los inverosímiles sonidos de la gran floresta,
de sus aves cantoras, de sus mamíferos y peces, de sus aguas y
árboles chocando entre sí ante el látigo del viento y de la propia
voz del hombre remedando la protesta.
Primitivas tecnologías
sonoras, motivos de protección patrimonial, reliquias primigenias del
hombre amazónico, instrumentos como el tun nacidos de troncos
(madera dura y caucho para el toque), exhibieron sonidos armónicos
naturales, octavas y quintas entre ellos, mientras el carapacho de la
tortuga terrestre, en los huecos extremos untada con cera para el "raspeo",
dibujaba sonidos rajados, y percutían, ambos, entre Colombia,
Venezuela y Costa Rica.
El bambú, la caña de
millo, cualquier tipo de rama devenida en tubo para percutir o sonar
por aire, alcanzan su utilidad en estas piezas de música amazónica
mostradas por Egberto Bermúdez, hasta llegar a los gemidos de la flauta
de Pan (Pan, por el dios), ya más conocidos y reverentes hacia el
oído y con más aproximación a los hábitos de la música universal.
Este sorprendente
musicólogo, fabulador de teorías, dotado de una aparente lógica
cotidiana, ha tomado la parte colombiana que le tocó del Amazonas
para aplicar bien la musicología aprehendida durante sus estudios en
el King`s College de la Universidad de Londres, mientras su actual
labor docente lo trae más cerca de nuestro oído y —aún mucho más—
al de Thiago de Mello, quien lo felicitó, no sin cierta perplejidad,
por acercarlo al mundo en el que él mismo nació y del que él sabe
también a través de su piel.
O al oído de este otro
ponente que acaba de hablar, el colombiano Floresmiro Rodríguez,
facultado por su cátedra y porque él, descendiente de nativos
yalcona, no solo conoce de qué música se habla, sino que, dentro de
este salón de conferencias de la Casa de las Américas, él ha estado
siguiendo con movimientos de pies y manos, mímicas del rostro y el
bamboleo de su largo cabello, el ritmo de esos sonidos sacralizados
por el hábito aborigen y bien ajenos al invasor de la Amazonia.
|