Pérez Alonso, dibujos endémicos

VIRGINIA ALBERDI BENÍTEZ

En medio de una creciente sofisticación de los medios expresivos de las artes visuales, que se da tanto a nivel de los soportes y los materiales de realización como en el de las estructuras semánticas, la preferencia por el dibujo, en su más pura acepción, y la fidelidad al carboncillo para plasmar gestos y actitudes cotidianos implica un doble riesgo: de una parte se expone el oficio en su más riguroso transcurrir —hay que mostrar la verdadera garra del dibujante, sin artificios de ningún tipo—, y de otra se puede poner al desnudo la capacidad de observación hacia el entorno.

Resultan tan naturales en apariencia, tan desprovistos de malicia, tan cercanos a la vida misma los dibujos de Rafael Pérez Alonso, que se pasa por alto el registro de una esencia perdurable ante nuestra vista. El artista ha tomado conciencia de ello y es por ello que sus últimas creaciones, expuestas en numerosas exposiciones colectivas y en una personal que ocupó con acierto este último verano el espacio promocional de la sede del Consejo Nacional de las Artes Plásticas, las ha agrupado bajo un adjetivo desafiante: Endémico. Alude a una práctica en peligro de extinción —la de dibujar por el placer de que el dibujo hable por sí mismo— y a esos inquietantes contenidos que están al doblar de la esquina en el diario discurrir del ciudadano común en nuestro hábitat.

Ejecutadas en carboncillo sobre papel kraft, las estampas de Pérez Alonso (La Habana, 1965) se detienen, unas veces con calculada morosidad, otras con asombrosos guiños dinámicos, en un grupo de niños jugando a "las bolas", en una esquina cercana a un registro de agua; otro niño que se divierte con su "chivichana", un improvisado juego de pelota callejera, el paso de una carroza fúnebre. El artista está inmunizado contra las visiones fotográficas: prefiere ilustrar evocaciones y no reproducir la realidad.

Al mismo tiempo se desmarca de ciertos tópicos de la cubanía —color y paisaje— para adentrarnos en otra cubanía sustancial. Lo que nos identifica, no necesita el color para que aflore el carismático sentido del "cubaneo"; las imágenes se apoyan en el soporte, dignifican la humildad y nobleza del papel cartucho; y cuando enmarca las obras con rústicas molduras de pino carcomido, que ennoblece la humilde madera, hace un acto de fe.

Rafael Pérez Alonso exhibe una corta pero enjundiosa carrera, situado en muestras colectivas en Cuba y otros países, entre ellas la itinerante Yo sé de un pintor gigante, presentada por vez primera en el Memorial José Martí, y en fecha mucho más reciente, en junio del presente año, Cuatro artistas cubanos, en Costa Rica junto a tres nombres imprescindibles del arte cubano de nuestros días: José Manuel Fors, Ibrahim Miranda y Alexis Leyva, KCHO.

Recordemos también que obtuvo el Gran Premio en el Salón de la Ciudad, en Ciudad de La Habana, dedicado al dibujo, convocado por el Centro Provincial de Artes Plásticas y Diseño en el 2002.

 

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