Bandeirantes e inquisidores
PEDRO DE LA HOZ
¿Lección de historia o
historias de amor? La muralla consiguió un paralelismo sinuoso
y no pocas veces conflictivo. TV Globo, que en su parcelamiento
funcional, a más del formal, suele distinguir las "telenovelas" de
las "miniseries" para orientar al público entre lo que debe ser
asumido con ligereza y lo que debe considerarse bajo el palio de una
mayor respetabilidad, concibió este material en esta última clave
para sumarse a la conmemoración en el 2000 de los quinientos años de
la llegada de Pedro Alvares Cabral al territorio que hoy conocemos por
Brasil.
Tarcisio Meira, un excelente
actor para Don Jerónimo.
Pero la acción no se
enmarcó en los tiempos de la Conquista, ni siquiera en los del
establecimiento de las Capitanías (1530), sino algo más adelante, en
los albores de las incursiones de los bandeirantes, integrantes de las
partidas que, sobre todo desde la capitanía de San Vicente (hoy Sao
Paulo y su entorno), se dirigieron hacia el interior del territorio
continental en busca de oro y piedras preciosas.
De modo tal, La muralla
nos situó en medio de un laberinto histórico —el despegue hacia la
expansión territorial que con el tiempo consolidaría el espacio
brasileño— y sus protagonistas: colonos buscavidas, cristianos
nuevos y judíos no conversos que huían de los rigores de la
Inquisición, usureros y prostitutas, misioneros y aventureros y
funcionarios coloniales... y la población originaria del lugar, que a
diferencia de los enclaves civilizatorios de los Andes centrales, el
Sur de Norteamérica y el istmo de Tehuantepec, se hallaba atomizada y
bajo un estadio de desarrollo agroalfarero. El impacto de la
colonización portuguesa fue demoledor sobre esa población, basada en
una política de despojo territorial, esclavización y exterminio.
Pero la visión que se nos
ofreció estuvo permeada por una perspectiva cercana a los aires
indianistas (paternalismo y conmiseración) en lo que al tratamiento a
la relación con los aborígenes se refiere y épico-romántica en
cuanto a la definición de los conflictos sociales (relaciones de
poder, reproducción de los modelos patriarcales, papel de la
Iglesia), y culturales (nacimiento de los primeros indicios de un
sentido de pertenencia a la tierra conquistada).
Alessandra Negrini dio vida a la
atormentada y atormentante Isabel.
No podía ser de otra
manera tratándose de la adaptación de una novela original de Denise
Silveira de Queiroz (1911-1982), escrita en 1954 bajo un presupuesto
eminentemente celebrativo (cuarto centenario de la fundación de Sao
Paulo) por una autora que al incursionar en este tipo de narrativa
obvió la revisión crítica en aras de reforzar la historia oficial.
El guión de María
Adelaida Amaral y, aún más, la puesta en televisión de Denise
Saraceni trataron de revertir hasta cierto punto esta tendencia. Y fue
lo mejor de la miniserie. Los lugares comunes de la dramaturgia
folletinesca—las miniseries no pueden prescindir totalmente de los
amores imposibles que terminan siendo posibles, ni de la victoria
final después de incontables sufrimientos del Bien sobre el Mal—
quedaron subsumidos en una pretensión realista acentuada en la forma
descarnada que asumió el juego por el sometimiento y el poder. Los
más altos vuelos creativos en el orden dramatúrgico estuvieron
marcados por la representación de la depravación, locura e
incineración del autoinquisidor Jerónimo Taveira (magistralmente
interpretado por Tarcisio Meira) y la fábula de la mujer-felina,
mestiza sin lugar para el mestizaje, incestuosa, marginada y voraz,
que termina fundiéndose a la naturaleza virgen (la Isabel de la
magnífica Alessandra Negrini).
También en favor de la
Saraceni debe contarse la exigencia de una cuidada dirección de arte,
espléndida en los decorados, el regusto por un ponderado
neobarroquismo en la composición visual y la utilización de
referentes sonoros que fueron desde el gran Heitor Villa-Lobos hasta
las vigentes antigüedades de Luys Milán y Gaspar Sanz.
¿Lección de historia o
historias de amor? Más bien diríamos que detrás de La muralla hay
muchas más verdades por cuestionar. Y más ideales que realidades
sobre los amores en aquellos procelosos tiempos de fundación.
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