Los hombres del dique

Carboneros avileños siguen practicando su viejo oficio, "para beneficio social y para la exportación"

ORTELIO GONZÁLEZ MARTÍNEZ
FOTOS: OSVALDO GUTIÉRREZ

MORÓN, Ciego de Ávila.— Como resbalándose, por las faldas de la Loma de Cunagua, hacia el Oeste, en el municipio avileño de Morón, está la gente.

Esta es la mejor brigada de
 carboneros de Ciego de Ávila.

Después de serpentear varios kilómetros sobre el dique Estero-Socorro —una de las obras de la voluntad hidráulica—, José Carlos, el director de la Empresa Forestal Integral de Ciego de Ávila, pregunta por "los hombres del área de manejo silvícola número dos", denominación no muy conocida, pues ellos son, sencillamente, los carboneros.

Carboneros de etiqueta y no porque anden bien vestidos, sino porque los 19 son de una nueva época y también porque forman la mejor brigada de su tipo entre todas las de la provincia.

Justo encima del dique, con agua a ambos lados y fango hasta la cintura, está el campamento, con bohíos muy parecidos a los de siempre. Pero las condiciones de vida son diferentes a las de hace más de cuatro décadas.

Bohíos pequeños, de guano, piso de tierra y literas; colchones de espuma de goma, televisor, carreta y tractor de estera que desterró el burreo (cargar leña sobre los hombros), lámparas con baterías recargables que, a su vez, funcionan como radios, son los atributos más preciados en la vida diaria del colectivo.

A la vera del canal de La Llana (nombre de una especie de árbol casi extinguida, pero que todavía existe en el lugar), más allá, o más acá, andan como una gran familia, que es lo que son, "porque el único objetivo es hacer carbón para beneficio social y para la exportación", asegura Edel Claro, El Guajiro, al frente del área.

"Ya tenemos 10 000 sacos —precisa—. El plan es de 12 000, pero les tiraremos a los 15 000. Es posible llegar, no lo dude."

Pedro alista uno de sus hornos.

Pedro Quintana Guerra, Vanguardia Nacional, junto a Ángela Rivero Bustamante, su esposa y única mujer en la cuadrilla, preparan un horno de unos 600 sacos. "Yo los he hecho de 1 200, pero es mejor hacerlos más pequeños. Los grandes demoran mucho y nosotros necesitamos andar rápido".

Se detiene y explica: "No es fácil. Picamos la leña. Casi siempre es a pura hacha. Después la hacemos cuerdas, o pilas. Cada cuerda tiene un volumen de poco más de 3,5 metros cúbicos.

"Las llevamos para el plan, que es donde hacemos los hornos, y comenzamos a parar la leña. Nos pasamos de cinco a siete días, depende del tamaño del horno.

"Después picamos la hierba, preferiblemente la cortadera, que es la mejor para el tape. Entonces lo aterramos. Uno de 600 ó 700 sacos lleva de 10 a 12 metros de tierra. El trabajo puede durar hasta dos días. Hacemos la brasa y la introducimos por la corona. El horno comienza a quemarse.

"Los arreos son bien importantes, porque el aire puede volarte el horno y entonces el carbón no sirve. Es como si fuera bagazo, por eso hay que cuidarlo bien. No podemos perder ni un saco, más ahora que estos van para la exportación.

"Cuando se quema completo viene el refresque, se le quita la tierra y se le saca la hierba quemada que se queda pegada al carbón. La tierra se enfría y después la utilizamos para apagar el horno y, posteriormente, sacar el carbón."

Y así, como si fuera un cuento, Pedro termina la historia. Contento, pero no satisfecho, porque la tradición de familia solo llegó hasta él y quedó trunca cuando su hijo Leandro le soltó a boca de jarro: "Viejo, yo no nací para carbonero", y se marchó del plan.

"No hay relevo", dice apesadumbrado. Y lo confirmo en la presencia de Arnaldo Rivero y Juan Gualde, dos jubilados que se vieron obligados a volver al dique.

Para que haya carbón tiene que haber hacheros. Nadie como Modesto Zurita González. Manipula el hacha con tanta fortaleza y seguridad que dicen que él primero derriba el palo y después da el hachazo.

Todos en el dique aseguran que es el cortador más largo. Trabaja solo y solo hace el horno.

¿Y cuánto gana, Modesto?

Bueno, la empresa está en perfeccionamiento empresarial y ganamos por el resultado de la producción.

¿Pero cuánto gana?

A veces he llegado a 3 000 pesos al mes.

Modesto levanta y vuelve a tirar el hacha a ritmo acompasado. Y así, sin cansancio, junto a él va su leyenda, la misma de Roberto, José, Miguel, Juan, Benito, Osvaldo, Ramón, Luis, Oscar y la de muchos otros hombres responsabilizados con que la provincia cumpla el plan de carbón del año, que es de 75 000 sacos. Son carboneros de tiempos nuevos.

 

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