El otro "ordeño" de El Rodeo

PASTOR BATISTA Y FRANKLIN REYES
enviados especiales

BARALT (Zulia).— A veces, cuando pienso en el impacto social y humano de la Misión Robinson, acuden a mi memoria imágenes de la hacienda ganadera El Rodeo, allá, entre las reverdecidas sabanas de Baralt, en el estado de Zulia.

Al terminar su faena, los vaqueros
 se incorporan a las clases.

Su dueño, Agustín Ciansi, hubiera podido anteponer obstáculos o negarse —como otros hacendados— a abrir en sus propiedades un aula para el aprendizaje de los peones. Sin embargo, ofreció todo su apoyo desde que la supervisora y facilitadora Yanelys Salas habló con él acerca de ese asunto.

Precisamente con propietarios así es que el Gobierno bolivariano desea contar en el empeño común por aprovechar óptimamente la tierra, los recursos naturales y humanos en función del progreso de la República.

"Recuerdo que Ciansi nos llamó y nos dijo que estudiáramos y que aprendiéramos mucho —afirma Cristóbal Anaya, uno de los vaqueros— y creó condiciones para que recibiéramos clases aquí en la misma hacienda, de cuatro a seis de la tarde."

Nunca se había visto algo similar en la zona. Veinticinco personas, entre peones, ordeñadores, cocineras y hasta amas de casa, empezaron a descubrir el "misterio" de cómo escribir las letras, el nombre, los números... era algo así como empezar a hablar o a caminar por segunda vez.

"Es muy triste lo que a mí me ocurría —relata Antonio Uzcátegui, otro vecino de la hacienda— muchas veces iba a Mene Grande, me detenía a preguntar por un lugar y resulta que lo tenía delante y con un cartel inmenso a la vista... pero yo no sabía leer. Era lo mismo que estar ciego. Pero ya no me sucederá nunca más, porque gracias a la Misión Robinson aprendí a escribir y a leer. Por eso le hice una carta al presidente Chávez, para darle las gracias por todo esto."

Luego de limpiar bien la nave de ordeño, un hombre apresura el paso rumbo al ambiente donde ya se han concentrado otros alumnos.

Mientras camina sonríe para sí mismo. Siempre fue él quien le dijo a Marjorie cómo hacer cada cosa y, en cambio, ahora es él quien tiene que escucharla y obedecerla. Porque sencillamente ella ha pasado de hija a maestra, mientras él dejó de ser aquel padre exigente, para convertirse en el humilde alumno que empieza a ver de otro modo la vida y a entender mejor el mundo.

 

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