Un griot a orillas del mar

PEDRO DE LA HOZ

Gerardo Alfonso tiene dos obsesiones temáticas: la ciudad y las migraciones. Y un desafío musical: hallar una expresión juglaresca que defina un filón afrocaribeño al margen de los patrones al uso.

Foto: RICARDO LÓPEZEl trovador fue pródigo en su concierto de fin de semana en el teatro Amadeo Roldán. Aireó nuevamente sus Sábanas blancas, pero dedicó tiempo suficiente para anticipar las creaciones del nuevo disco que se trae entre manos, A orillas del mar.

Se bastó con su guitarra, pequeña orquesta más orientada al ritmo que al trabajo armónico, instrumento que en sus manos, y a partir de la imagen desenfadada que cultiva el trovador, lo hace parecer una especie de griot insular, esos juglares africanos que cuentan historias y hacen arder la memoria en los caminos del mundo.

La Habana no siempre es amable en sus canciones, muchas veces resulta lacerante en sus visiones oscuras, sus convulsiones internas, sus desencuentros circunstanciales. Pero, a fin de cuentas, sobresale un pacto de fidelidad y amor por encima de cualquier desgarramiento, como en su insuperable El ilustrado Caballero de París.

Esa dialéctica entre conflicto y superación gravita sobre las historias de los habitantes de la ciudad que van y vienen de aquí para allá, perdidos en la Europa xenófoba finisecular, aferrados al muro del Malecón, machos burlados y usados, afiliados al pragmatismo e inveterados soñadores.

A veces, pareciera sucumbir a los embates de la nostalgia. El tema A orillas del mar, sin embargo, se pone a buen recaudo de una mirada congelada al pasado. Su orientación cuestionadora, reforzada por una estructura melódica cíclica y sugerente, apunta hacia un posicionamiento entre sus canciones antológicas.

En otro orden puede suceder lo mismo con Diamantes en la punta de un farol, estupenda anécdota sazonada de humor vitriólico sobre las andanzas de un latin lover cubano en Madrid.

Este crecimiento de un cantautor que ha logrado un arduo pero convincente reconocimiento en la cima de la trova cubana contemporánea, se hace notar, además, por un perfil cada vez más singular en los enlaces melódico-rítmicos. Quien coqueteó necesariamente con el rock, el reggae y el movimiento popular brasileño (MPB), para volver una y otra vez a las más diversas aristas del complejo sonero y de la tradición cancionística cubana, se afirma en nuevos, singulares y más elaborados cauces. Aunque también puede ser radicalmente recto: si escucháramos más el son diáfano y entero dedicado a los amigos, seríamos mejores.

 

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