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Un griot a orillas del mar
PEDRO DE LA HOZ
Gerardo
Alfonso tiene dos obsesiones temáticas: la ciudad y las migraciones.
Y un desafío musical: hallar una expresión juglaresca que defina un
filón afrocaribeño al margen de los patrones al uso.
El
trovador fue pródigo en su concierto de fin de semana en el teatro
Amadeo Roldán. Aireó nuevamente sus Sábanas blancas, pero
dedicó tiempo suficiente para anticipar las creaciones del nuevo
disco que se trae entre manos, A orillas del mar.
Se bastó con su guitarra,
pequeña orquesta más orientada al ritmo que al trabajo armónico,
instrumento que en sus manos, y a partir de la imagen desenfadada que
cultiva el trovador, lo hace parecer una especie de griot insular,
esos juglares africanos que cuentan historias y hacen arder la memoria
en los caminos del mundo.
La Habana no siempre es
amable en sus canciones, muchas veces resulta lacerante en sus
visiones oscuras, sus convulsiones internas, sus desencuentros
circunstanciales. Pero, a fin de cuentas, sobresale un pacto de
fidelidad y amor por encima de cualquier desgarramiento, como en su
insuperable El ilustrado Caballero de París.
Esa dialéctica entre
conflicto y superación gravita sobre las historias de los habitantes
de la ciudad que van y vienen de aquí para allá, perdidos en la
Europa xenófoba finisecular, aferrados al muro del Malecón, machos
burlados y usados, afiliados al pragmatismo e inveterados soñadores.
A veces, pareciera
sucumbir a los embates de la nostalgia. El tema A orillas del mar,
sin embargo, se pone a buen recaudo de una mirada congelada al pasado.
Su orientación cuestionadora, reforzada por una estructura melódica
cíclica y sugerente, apunta hacia un posicionamiento entre sus
canciones antológicas.
En otro orden puede
suceder lo mismo con Diamantes en la punta de un farol,
estupenda anécdota sazonada de humor vitriólico sobre las andanzas
de un latin lover cubano en Madrid.
Este crecimiento de un
cantautor que ha logrado un arduo pero convincente reconocimiento en
la cima de la trova cubana contemporánea, se hace notar, además, por
un perfil cada vez más singular en los enlaces melódico-rítmicos.
Quien coqueteó necesariamente con el rock, el reggae y el movimiento
popular brasileño (MPB), para volver una y otra vez a las más
diversas aristas del complejo sonero y de la tradición cancionística
cubana, se afirma en nuevos, singulares y más elaborados cauces.
Aunque también puede ser radicalmente recto: si escucháramos más el
son diáfano y entero dedicado a los amigos, seríamos mejores.
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