|
Raúl Eguren
El actor que dibujó su
vida
ANTONIO PANEQUE
BRIZUELA
¿Quién es realmente
Raúl Eguren? ¿Un artista plástico que pinta su actuación o un
actor que actúa sus pinturas? Parece metafórico, pero es algo muy
real que, cuando aún niño, este creador comenzaba a realizar las
primeras obras plásticas en su Pinar del Río natal, y, cuando
interpretaba en España, tampoco muy crecidito, su primer papel
actoral, estaba dibujando una vida que se desdoblaría en ambas
manifestaciones del arte hasta integrar la cátedra que es él hoy
día.
Eguren frente al retrato
que le pintó su amigo, coterráneo
y ex condiscípulo Joaquín
Crespo Manzano.
La influencia de su
provincia ("Vengo de un lugar donde el Cuyaguateje le pasa por debajo
a la montaña") impondría virtualmente un sello a su plástica
paisajística, mientras que el viaje a la Vizcaya de su familia en los
años treinta del pasado siglo, por enfermedad de su madre, lo
pondría en contacto con su maestro de cuarto grado, Saturnino
Esteban, a quien se le ocurriría iniciarlo en el teatro. "Así subí
yo a la escena y desde entonces no me he bajado nunca".
Esa vocación polisémica
lo conduciría durante 20 años frente a las aulas de enseñanza
artística hasta una meta que, aunque él nunca persiguió
conscientemente, vencería hace unos meses, al recibir el Premio
Nacional de Enseñanza Artística por la obra de toda su vida.
Ahora, en este apartamento
de Infanta y Manglar en el que lo encontramos, nos sobrecoge la
mística con que describe el arte que habita al hombre: "El porqué
uno es artista no tiene respuesta, no lo puede explicar nadie. La
percepción de las artes nos incentiva de manera hereditaria. Está en
la sangre y eso no lo puede formar nadie. Después se perfecciona con
el aprendizaje y desempeña su papel la familia".
Los cuadros de Eguren, que
han viajado por países como Estados Unidos, Francia, Italia o Rusia,
integran también dentro de su casa una armonía estilística,
solamente rota por el retrato que le pintó en los cincuenta del siglo
XX su colega, amigo y ex condiscípulo Joaquín Crespo Manzano.
Dos tipos de obras llaman
allí la atención, una solitaria, situada a la entrada, refleja una
Catedral de La Habana vista por él sin algunos de los habituales
obstáculos arquitectónicos a su alrededor. Una especie de "licencia
plástica". Los otros explican motivaciones especiales del pintor y
por eso en ellos está el Valle de Viñales ("uno de los más grandes
paisajes del mundo, solo en Viet Nam existe ese tipo de mogotes"),
cuyos detalles él ha llevado a unos 20 cuadros.
"La
pintura fue mi primera inclinación. En ella interviene el más
importante de los sentidos: la vista, que nos da la información más
completa. ¿Quién, por ejemplo, puede explicar los colores si no es
mediante la vista, las diferencias en la naturaleza que son
extraordinarias, desde el amanecer hasta el anochecer? Soy realmente
un resultado, ya viejo, de la antigua Escuela de Artes Plásticas y
habilidades de Pinar del Río."
Contumaz defensor del
método Stanislavsky en la actuación teatral, esa técnica define
también sus consejos para el aspirante a buen actor: "Tienes que
transmitir lo que sientes de verdad: la ira, el amor, ser capaz de
crear y recrear los sentimientos. No se trata de aspirar a ser un gran
actor, muy aplaudido. Es algo mucho más profundo: amar a esta
profesión, ser absolutamente honesto en todo lo que estás haciendo
sobre el escenario".
Eguren, quien este mes
cumplió 85 años, es persona de conceptos embrionarios sobre la
cultura, pero sin poses doctorales o sentencias pitagóricas. Quizás
por ello en la conversación, se nos revela más aquel carpintero,
padre de El Tavo (serie televisiva Mi propia guerra), que los
personajes de cumbres clásicas predilectas (Doña Rosita la
soltera, de García Lorca) y, así, explica la escena en el guión
cuando tiene que golpear a El Tavo.
"Disfruté
extraordinariamente ese personaje, por muchas razones, entre ellas
porque en ese momento Albertico, a quien, como a otros muchachos,
quiero como a un hijo, era alumno mío en la Escuela Nacional de Arte.
Él me dijo que le molestaba que cuando veía dar una bofetada no se
veía veraz.
"—
Dame una galleta que suene, quiero sentirla —me pidió.
"—
Mira esta mano —le contesté—. ¿Te puedes imaginar una galleta
dada por esta mano?
"Llegó
el momento de la escena y, finalmente, me calenté todo lo que pude,
levanté el brazo a media máquina y, cuando le di, salió de fondillo
y llegó hasta la mesa. Entonces me dieron ganas de llorar. A mí fue
a quien le dolió la bofetada."
|