Fahrenheit 9/11

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT

Después de haber escrito bastante sobre la trascendencia política del filme de Michael Moore, Fahrenheit 9/11, y encontrándose este en las carteleras de nuestros cines y salas de video, quedan algunos aspectos en el tintero relacionados con su concepción artística.

Quienes hayan seguido la obra y los escritos de Michael Moore no tendrán dudas en cuanto a las convicciones y teorías políticas del cineasta, exaltadas en el documental que nos ocupa y que en nada difieren de las de millones de seres con los pies bien plantados en este mundo nuestro: La Casa Blanca es regida por un mediocre, que no vacila en mentir y manipular con tal de mantenerse en el mando y sacar adelante sus intereses.

Lo anterior está claro, pero ya en una obra artística hay que evidenciarlo, no tanto para aquellos convencidos del hecho, sino para los que se atrincheran en el otro bando, o dudan, o están confusos a causa de la información teledirigida —ese pescado libre de espinas— que reciben a diario. Y es ahí donde la cinta de Moore puede calificarse de magistral.

"¡Propaganda!", vociferan ante el filme fieros neoconservadores con el mismo odio con que, creyendo ofender a un negro, le gritan "¡negro!". Es cierto que la cinta de Moore no oculta su tendenciosidad, en el mejor sentido del término, es decir, tratar de demostrar algo sin caer en esa engañosa balanza (una de cal y otra de arena) que propugnan no pocos escritores y realizadores interesados en ser clasificados de "objetivos" y "descomprometidos", como si comprometerse (aunque sea de vez en cuando) en contra de la ignominia fuera una culpabilidad mayor.

El mismo Moore ha hecho explícitas desde un primer momento sus intenciones en cuanto a ayudar a desbancar al Presidente ilegítimo de su país. Pero su campo de batalla, pruebas mediante, se sustenta en una transposición artística con nada de panfletaria. Evidencias de culpabilidad de un mandatario y de muchos de los hombres que lo rodean, que Fahrenheit 9/11 no arroja una detrás de otra, sino que expone mediante una hábil estructura en pos de un acrecentamiento dramático, que muy pronto se convierte en interés y reto para el espectador.

Moore se apoya en un tono reflexivo que recurre a los más diversos mecanismos de comunicación: ironía, humor, desgarramientos, proposiciones a seguir líneas de análisis a partir de las pesquisas políticas que expone y que demuestran el terreno minado de contradicciones en que se ha movido la actual Administración. Todo ello mediante una hábil combinación de palabras e imágenes. Cuando especula, lo hace sobre basamentos muy razonables, como cuando trata de entrar en la mente del presidente Bush en los momentos en que este recibe la noticia del ataque del 11 de septiembre y se queda atontado durante un buen rato. No hay adjetivos altisonantes ni ofensas de ningún tipo por parte de Moore para tratar de demostrar las limitaciones y trasfondos del hombre que tiene en la mirilla. Ahí están las propias palabras e imágenes de ese Presidente, todopoderosas en cuanto a la capacidad de embarrar por ellas mismas.

Las elecciones del 2000 y el guantazo de la Florida (un tema sobre el que el cine norteamericano irá, no lo dudo, cuando el Presidente sea solo un mal recuerdo), los negocios del padre Bush con la familia de Bin Laden, los beneficios políticos obtenidos tras el 11 de septiembre del 2001, la procedencia social de los soldados norteamericanos que mueren en Iraq, lo sucio de esa guerra y coronando todo, las siniestras maniobras que aún pueden esperarse.

Fahrenheit 9/11 es tan importante por lo que revela, como por los fantasmas que pone a habitar en la mente de muchos descreídos.

A juzgar por cifras dadas a conocer la semana pasada, ya la cinta debe haber llegado a los 100 millones de dólares recaudados en los Estados Unidos, una cantidad inimaginable para un documental. También en varios países de Europa ha sido ampliamente vista y aplaudida.

Pero quizá la noticia más estimulante para el artista Michael Moore sea que, contrario a lo que pensaban y en un inicio propugnaron para sus partidarios, dirigentes republicanos han reconocido públicamente que muchos de sus afiliados no se quedaron sentados en casa, como respuesta a la "provocación propagandística", sino que están pagando entradas, y no precisamente para silbar.

 

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