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Ángeles en el Memorial
RICARDO ALARCÓN DE
QUESADA (*)
La barbarie nos conmovió
a todos. Imágenes atroces repetidas sin cesar desbordaron la ira y el
pavor. Vi caer las Torres en tiempo real desde una capital africana
donde el edificio más alto no tiene cuatro pisos, y para cuya gente
la gran urbe y sus rascacielos es la engañosa figuración de un mundo
inalcanzable.
Litografía de Max Delgado,
expuesta en el Memorial.
Allá también encontré
un dolor unánime, sin fisuras. Nunca antes hubo semejante expresión
de solidaridad humana. El llanto y la rabia fluyeron incontenibles,
lloraron y maldijeron en todas las lenguas millones de personas para
las cuales Manhattan no era sino un sueño ajeno, soñado por otros.
Desde aquel día la Ciudad ya no es más una ilusión inasible y
abstracta. La angustia compartida, el amor multiplicado, provocó la
gran revelación. Ahora también nos pertenece. Desde el martes
terrible todos somos neoyorquinos.
Fue honda la pena entre
los cubanos. Nos hirió profundamente el crimen brutal, sufrimos junto
a las víctimas como si el ataque hubiera sido con nosotros. Una
amarga y prolongada historia, que aún continúa, ha obligado a tres
generaciones en este país a resistir el terrorismo y vivir bajo su
constante amenaza. Muchas vidas, mucha destrucción, mucha tristeza
han causado a nuestro pueblo acciones terroristas que han contado
siempre, desde hace ya 45 años y hasta hoy, con una complicidad que
debería provocar escándalo. Que algunos puedan gozar de total
impunidad para sus fechorías contra Cuba es una afrenta a los que
perecieron el 11 de septiembre de 2001. Insulta a su memoria que aún
padezcan injusta y cruel prisión en Estados Unidos, cinco jóvenes
cubanos acusados de oponerse a crímenes que desde allá se anuncian
cada día.
Los cubanos sentimos
aquella mañana una congoja especial porque hubiéramos querido ayudar
más, mucho más de lo que la enemistad artificial y la hostilidad que
se nos impone hacían posible. Es cierto que Cuba fue la primera en
condenar, sin vacilar, la incalificable matanza y ofreció de
inmediato sus aeropuertos a las aeronaves que en aquellas
circunstancias no podían aterrizar en suelo norteamericano, actitud
que, por cierto, nunca fue reconocida por Washington. Es cierto que
los artistas cubanos que allá estaban, en una rara excepción a la
sistemática prohibición de sus visitas, enseguida donaron su sangre
para ayudar a los heridos.
Hubiéramos querido hacer
mucho más.
Proclamamos entonces y
creemos todavía en la posibilidad de unir a toda la humanidad en un
gran frente para erradicar el terrorismo en todas sus manifestaciones,
quienquiera que lo promueva, en cualquier lugar, sea el que fuere su
víctima.
Solo así, verdaderamente,
se honrará a quienes fueron inmolados. No se les hace justicia
multiplicando la violencia ciega, la muerte y el terror. Usarlos con
torpe malicia para desatar guerras injustas e insensatas equivale a
repetir el horror. Provocar de ese modo, deliberadamente, una brecha
en la solidaridad universal y colocar a Estados Unidos contra otros
pueblos es un desafío imperdonable.
Es urgente convocar a los
ángeles. Que acudan presurosos para que el amor prevalezca sobre el
espanto. A los ángeles hay que hablarles en su propio idioma, el de
la creación. Ese es el propósito de esta exposición. Es la obra de
42 artistas cubanos que trabajaron directamente sobre litografías del
artista gráfico norteamericano Gunars Prande a partir de las
fotografías del también norteamericano Richard Falco tomadas en
medio de la tragedia. Es un hermoso ejemplo de colaboración directa
entre artistas de ambos países y entre la Escuela de Artes Visuales
de New York y el Taller Experimental de Gráfica de La Habana. El
fruto de ese esfuerzo ciertamente hará historia. Ojalá no sea este
el último proyecto conjunto entre los creadores de ambos países como
desgraciadamente sería si se mantienen las nuevas restricciones que
prácticamente impiden los vínculos futuros. Nuestros artistas cada
uno desde su propia visión, con interpretaciones absolutamente
libres, levantan otra vez las Torres erigidas ahora en símbolos del
abrazo fraterno y de las fuerzas incontrastables del humanismo y la
cultura. Es también un mensaje de paz y de sincera amistad hacia New
York y el pueblo de Estados Unidos. Construidas con amor, esas Torres
nada ni nadie las podrá destruir.
(*) En la inauguración
de la muestra Cita con ángeles, que se exhibe en el Memorial
José Martí.
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