XXIV Festival del Caribe

Los matices de una región

ANDRÉS D. ABREU

Foto: TERESITA HUERTADefinir el color del Caribe es un imposible, incluso si se tratara de resolver el asunto desde la policromía. A esta región le caben todos los colores posibles, hasta el gris, aunque este último, más que por naturaleza, se corresponda con la pobreza, el dolor o la opresión históricamente impuesta sobre sus pueblos por los universales sistemas coloniales (desde los más antiguos hasta los más contemporáneos).

Pero el Caribe ha logrado sobrevivir a esos tonos amargos desde el vigor de la amplia gama de luz que representa su multiculturalismo. Decía durante su paso por Santiago de Cuba el cantautor dominicano Manuel Jiménez que "nuestra cultura era lo único que nos salvaba de ser consumidos" por el propio consumismo, la más letal arma colonialista que haya inventado imperio alguno, y si en algo es innegable el valor de esta Fiesta del Fuego, es en su afán de preservar esa diversidad de matices en que se expresan los colores identitarios del Caribe.

Asistir a este evento implica, de inicio, reacomodar las estrategias de vida a un sistema de otra racionalidad, un comportamiento de subsistencia que durante esta edición van reflejando artísticamente agrupaciones danzarias como Barranca y sus 92 años sosteniendo, desde la herencia haitiana, la autenticidad y diferencia de un lugar tan común como lo es un batey rodeado de cañas en Palma Soriano, y los martiniqueños de la compañía Danza Trass La, quienes se proponen mover estas mismas influencias hasta la danza-teatro.

Escénicamente, también aporta sus matices Calibán Teatro, mientras que, musicalmente, es muy sonado y respetado el trabajo de armonía y variedad tonal de la agrupación vocal camagüeyana Dessandan.

Lo múltiple en la visualidad caribeña tiene estridencias y compromisos con sus esencias y particularismos, como los expresados en las instalaciones del artista guantanamero Ramón Moya, acentos más reconciliadores en los monotipos de la haitiana Marie Dense Douyon, y singulares intercepciones entre artesanía, los misteriosos trances fotográficos de Pupo, y el arte contemporáneo en las esculturas del martiniqueño Jean De Nisretour.

Las letras versan sobre la región desde poéticas trascendentales como la del santiaguero Jesús Cos Cause, y el pulso desenfadado de los puertorriqueños antologados en Flor de Lumbre; la emocionada voz de la mexicana Eva Salazar, y la sencillez ilustrada en Del mar y los peces, del actor Sergio Corrieri.

Existe también en este Santiago un lugar para la posmoderna coloración del Caribe, receptor de nuevas influencias que vuelven a retocar sus matices. En el Café Cantante del Teatro Heredia, junto al jazz latino del Trío Acorde, pueden escucharse los sonidos experimentales de los suizos M25 o las guitarras brasileñas de Mandrágora.

Pero, si existe un contundente acto de lo que puede ser o no la definición del color del Caribe ante su total variedad espectral, es en ese Desfile de la Serpiente pleno de santiagueros y visitantes de otras provincias cubanas junto a la hermandad caribeña llegada de Haití, Aruba, Curazao, Bermudas, Martinica, República Dominicana, México, Puerto Rico y amigos de Estados Unidos, Canadá, Italia o Suiza, todos arroyando tras la Conga de Los Hoyos y el matiz inconfundible de una corneta china.

 

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