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Mensaje a la XI Conferencia de las Naciones Unidas sobre
el Comercio y el Desarrollo
La UNCTAD,
organización fundada hace 40 años, fue un noble intento del mundo
subdesarrollado por crear en el seno de las Naciones Unidas, a
través de un comercio internacional racional y justo, un
instrumento que sirviera a sus aspiraciones de progreso y
desarrollo. Entonces las esperanzas eran muchas, bajo la ingenua
creencia de que las antiguas metrópolis habían adquirido
conciencia del deber y la necesidad de compartir ese objetivo.
Fue Raúl Prebisch el
principal inspirador de aquella idea. Él había analizado el
fenómeno del intercambio desigual como una de las grandes tragedias
que obstruían el desarrollo económico de los pueblos del Tercer
Mundo. Fue este uno de sus aportes más importantes a la cultura
económica de nuestra época. En reconocimiento a sus relevantes
cualidades, fue elegido el primer Secretario General de esta
institución de Naciones Unidas sobre comercio y desarrollo.
Hoy el terrible
flagelo del intercambio desigual apenas se menciona en discursos y
conferencias.
El comercio
internacional no ha sido instrumento para el desarrollo de los
países pobres, que constituyen la inmensa mayoría de la humanidad.
Para 86 de ellos los productos básicos representan más de la mitad
de los ingresos por exportaciones. El poder de compra de esos
productos, excepto el petróleo, es hoy menos de la tercera parte
del que tenía al crearse la UNCTAD.
Aunque las cifras
aburren y se repiten, no queda muchas veces otro remedio que usar su
elocuente e insustituible lenguaje.
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En los países
pobres vive el 85 por ciento de la población mundial, pero su
participación en el comercio internacional es sólo un 25 por
ciento.
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La deuda externa
de esos países en 1964, año en que nació esta institución de
Naciones Unidas, era alrededor de 50 mil millones de dólares.
Hoy alcanza la cifra de 2,6 millones de millones.
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Entre 1982 y el
2003, es decir 21 años, el mundo pobre pagó 5,4 millones de
millones de dólares por servicio de la deuda, lo cual significa
que su actual monto ha sido pagado más de dos veces a los
países ricos.
A los países pobres
se les prometió ayuda al desarrollo y que el abismo entre ricos y
pobres se reduciría progresivamente; hasta llegó a prometerse que
el monto alcanzaría el 0,7 por ciento del llamado PIB de los
desarrollados económicamente, cifra que, de ser así, ascendería
hoy a no menos de 175 mil millones de dólares por año.
Lo que el Tercer
Mundo recibió como ayuda oficial al desarrollo el pasado año 2003
fue 54 milmillones de dólares. Ese mismo año los pobres pagaron a
los ricos 436 mil millones por servicio de la deuda. El más rico de
ellos, Estados Unidos, es el que menos cumplió la meta trazada, al
destinar a esa ayuda sólo el 0,1 por ciento de su PIB. No se
incluyen las enormes sumas que les arrebataron como consecuencia del
intercambio desigual.
Adicionalmente, los
países ricos gastan cada año más de 300 mil millones de dólares
para pagar subsidios que impiden el acceso de las exportaciones de
los países pobres a sus mercados.
Por otro lado, es
casi imposible medir el daño ocasionado a esos países por el tipo
de relaciones comerciales que, a través de los senderos sinuosos de
la OMC y los tratados de libre comercio, se imponen a los países
pobres, incapaces de competir con la tecnología sofisticada, el
monopolio casi total de la propiedad intelectual y los inmensos
recursos financieros de los países ricos.
A estas formas de
saqueo se añaden otras, como la grosera explotación de la mano de
obra barata con maquiladoras que llegan y se marchan a la velocidad
de la luz, la especulación con las monedas al ritmo de millones de
millones de dólares cada día, el comercio de armas, el
apoderamiento de bienes del patrimonio nacional, la invasión
cultural y otras decenas de acciones de pillaje y robo imposibles de
enumerar. Está por estudiar, ya que no aparece en los libros
clásicos de economía, la más brutal transferencia de recursos
financieros de los países pobres a los países ricos: la fuga de
capital, que es característica y obligatoria del orden económico
reinante.
El dinero de todo el
mundo se fuga hacia Estados Unidos para protegerse de la
inestabilidad monetaria y la fiebre especulativa que el propio orden
económico provoca. Sin ese regalo, que el resto del mundo,
fundamentalmente los países pobres, le hacen a Estados Unidos, su
actual administración no podría sostener los enormes déficit
fiscal y comercial, que ascienden entre ambos en el año 2004 a no
menos de un millón de millones de dólares.
¿Alguien se
atrevería a negar las consecuencias sociales y humanas de la
globalización neoliberal impuesta al mundo?
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Si hace 25 años
quinientos millones de personas pasaban hambre, ahora la padecen
más de 800 millones.
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En los países
pobres 150 millones de niños tienen bajo peso al nacer, lo que
aumenta el riesgo de muerte y el subdesarrollo mental y físico.
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Hay 325 millones
de niños que no asisten a la escuela.
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La mortalidad
infantil en menores de un año, de los países pobres, es 12
veces superior a la de los países ricos.
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33 mil niños
mueren cada día en el Tercer Mundo por enfermedades curables.
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Dos millones de
niñas son forzadas a ejercer la prostitución.
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El 85 por ciento
de la población mundial constituida por países pobres consume
sólo el 30 por ciento de la energía, el 25 por ciento de los
metales y el 15 por ciento de la madera.
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Son miles de
millones los analfabetos totales o funcionales que habitan el
planeta.
¿Cómo pueden los
líderes del imperialismo y los que comparten con él el saqueo del
mundo hablar de derechos humanos y mencionar siquiera las palabras
libertad y democracia en este mundo tan brutalmente explotado?
Lo que se practica
contra la humanidad es un crimen permanente de genocidio. Cada año
mueren por falta de alimentos, atención médica y medicamentos,
tantos niños, madres, adolescentes, jóvenes y adultos salvables
como las decenas de millones que murieron en cualquiera de las dos
Guerras Mundiales. Esto ocurre todos los días, a todas horas, sin
que ninguno de los grandes líderes del mundo desarrollado y rico
dedique a ello una sola palabra.
¿Podrá continuar
indefinidamente esta situación? Decididamente no, y por razones
absolutamente objetivas.
La humanidad,
después de transcurridos decenas de miles de años, ha llegado en
este minuto, y casi de repente, dado el ritmo acelerado de los
últimos 45 años en que su monto más que se duplicó, a 6.350
millones de habitantes, que necesitan ser vestidos, calzados,
alimentados, albergados y educados. La cifra ascenderá casi
inevitablemente a 10 mil millones en apenas 50 años más. No
existirán ya para esa fecha las reservas de combustible probadas y
probables que el planeta tardó 300 millones de años en crear.
Habrán sido lanzadas a la atmósfera, las aguas y los suelos, junto
a otros productos químicos contaminantes.
El sistema
imperialista que hoy impera, hacia el que inevitablemente fue
evolucionando la sociedad capitalista desarrollada, arribó ya a un
orden económico global y neoliberal tan despiadadamente irracional
e injusto, que es insostenible. Contra él los pueblos se
rebelarán. Ya han comenzado a rebelarse. Son estúpidos los que
afirman que esto es fruto de partidos, ideologías o agentes
subversivos y desestabilizadores de Cuba y Venezuela. Entre otras
cosas esta evolución trajo consigo, de forma igualmente inevitable
dentro de las bases y normas que rigen el sistema imperante, las
llamadas sociedades de consumo. En ellas, sus tendencias
despilfarradoras e irresponsables han envenenado las mentes de gran
número de personas en el mundo, las que en medio de una ignorancia
política y económica generalizada son manipuladas por la
publicidad comercial y política através de los fabulosos medios
masivos que la ciencia ha creado.
No han sido estas las
condiciones más propicias para el desarrollo, en los países ricos
y poderosos, de líderes capaces, responsables y dotados de los
conocimientos y los principios políticos y éticos que un mundo tan
extremadamente complejo requiere. No hay que culparlos, porque ellos
mismos han sido frutos y a la vez instrumentos ciegos de aquella
evolución. ¿Serán capaces de manejar con responsabilidad las
situaciones políticas sumamente complicadas que en número
creciente surgen en el mundo?
Pronto se cumplirán
60 años del día en que estalló sobre Hiroshima la primera bomba
nuclear. Hoy en el mundo existen decenas de miles de esas armas, que
son decenas de veces más poderosas y precisas. Se siguen
produciendo y perfeccionando. Hasta en el espacio se programan bases
de proyectiles nucleares. Nuevos sistemas de mortíferos y
sofisticados armamentos surgen.
Por primera vez en la
historia el hombre habría creado la capacidad técnica para su
total autodestrucción. No ha sido en cambio capaz de crear un
mínimo de garantías para la seguridad e integridad de todos los
países por igual. Se elaboran, e incluso se aplican teorías
relativas al uso preventivo y sorpresivo de las armas más
sofisticadas "en cualquier oscuro rincón del mundo", "en 60 o más
países", que hacen palidecer la barbarie proclamada en los días
tenebrosos del nazismo. Hemos sido ya testigos de guerras de
conquista y sádicos métodos de tortura que recuerdan las imágenes
divulgadas en los días finales de la Segunda Guerra Mundial.
El prestigio de las
Naciones Unidas está siendo socavado hasta los cimientos. Lejos de
perfeccionarse y democratizarse, la institución ha ido quedando
como un instrumento que la superpotencia y sus aliados pretenden
usar únicamente para cohonestar aventuras bélicas y crímenes
espantosos contra los derechos más sagrados de los pueblos.
No se trata de
fantasías ni productos de la imaginación. Es muy real el hecho de
que, en apenas medio siglo, han surgido dos grandes y mortales
peligros para la propia supervivencia de la especie: el que emana
del desarrollo tecnológico de las armas, y el que viene de la
destrucción sistemática y acelerada de las condiciones naturales
para la vida en el planeta.
En la disyuntiva a
que ha sido arrastrada por el sistema, no hay otra alternativa para
la humanidad: o la actual situación mundial cambia, o la especie
corre el riesgo real de extinción. Para comprenderlo no hay que ser
científico o experto en matemáticas; basta la aritmética que se
ofrece a los niños en la enseñanza primaria.
Los pueblos se harán
ingobernables. No existen métodos represivos, torturas,
desapariciones ni asesinatos masivos que puedan impedirlo. Y en la
lucha por la supervivencia, la de sus hijos y los hijos de sus
hijos, estarán no sólo los hambrientos del Tercer Mundo; estarán
igualmente todas las personas conscientes del mundo rico, sean
trabajadores manuales o sean trabajadores intelectuales.
De la crisis
inevitable, y mucho más temprano que tarde, saldrán pensadores,
guías, organizaciones sociales y políticas de la más diversa
índole que harán el máximo esfuerzo por preservar la especie.
Todas las aguas se unirán en una sola dirección para barrer
obstáculos.
Sembremos ideas, y
todas las armas que esta civilización bárbara ha creado sobrarán;
sembremos ideas, y la destrucción irremediable de nuestro medio
natural de vida podrá impedirse.
Cabría preguntarse,
si no es ya demasiado tarde. Soy optimista, digo que no, y comparto
la esperanza de que un mundo mejor es posible.

Fidel Castro Ruz
Presidente del Consejo de Estado
de la República de Cuba
La Habana, 13 de junio de 2004 |