San Nicolás de Bari

Cuando la memoria no falla

HAYDÉE LEÓN MOYA

Foto: ARNALDO SANTOSFelicia dice que la mente le falla, que a veces, como ahora frente a mí, ni siquiera el nombre de la zona donde transcurrió casi toda su vida recuerda con exactitud. Cuando le pregunto qué pasó con su hijo Andrés me aprieta el brazo con sus envejecidas manos y sobre su rostro cansado y mustio una lágrima se asoma y le lastima el alma.

"Me lo mataron, coño, me lo mataron. Eso sí no se me olvida, fue la gente de Waldemar Hernández, un bandido que andaba por allá haciendo barbaridades en el monte, pero por suerte Fidel acabó con todo eso."

En un modesto apartamento del edificio número 1 del pintoresco pueblo de San Nicolás de Bari, al Sur de La Habana, vive esta anciana de 96 años de edad que sufrió en carne propia las consecuencias de una política imperialista que, aunque hoy es mucho más abierta, tiene la misma esencia criminal de aquella que con el apoyo a bandas contrarrevolucionarias sembró el terror entre las familias de zonas rurales en los primeros años del triunfo revolucionario.

Hace tiempo no salgo a la calle, confiesa, estoy floja y veo poco, pero dile a mi nieta que trabaja en el Partido, que te lleve por ahí y tú verás en lo que la Revolución ha convertido un pueblecito que antes estaba olvidado.

ALGO MÁS QUE UN INMENSO CAÑAVERAL

La gente del San Nicolás de hoy, aunque habla con orgullo de su grandeza en la producción de caña y de azúcar, y en especial de su ingenio Héctor Molina, el mayor del Occidente del país (con una capacidad diaria de molienda de alrededor de 600 000 arrobas) cuando recuerda su historia destaca también la inmensidad del aporte de los hijos de este pueblo en las diferentes etapas de lucha por la plena liberación de Cuba. De los más ilustres, como Emilia de Córdova, la enfermera y mensajera del Ejército mambí, los más de 70 que al paso redentor de Maceo y Gómez por allí se unieron a la lucha; de los que hasta su vida dieron en épocas posteriores, como Pedro Troya Hernández, Pedrín, mártir de la lucha clandestina.

Central Héctor Molina, coloso de Occidente.

Los llanos de rojas y fértiles tierras en San Nicolás favorecen el desarrollo de la agricultura y la diversificación de sus producciones con la siembra de cultivos varios tras la creación de más de una decena de cooperativas y granjas de otro tipo. Más recientemente aparecieron en su entorno productivo modernas fábricas como la de salsa de soya y la de frutas y vegetales en conserva, y de tabaco.

Donde el triunfo de la Revolución no encontró ninguna escuela, hoy existen más de 25 planteles educacionales, entre los cuales se encuentran 10 primarias, tres círculos infantiles, varios centros de la enseñanza media y media superior y una sede universitaria. La matrícula en el municipio es de casi 6 000 alumnos, atendidos por 476 docentes, en un municipio cuya extensión territorial es de 2 423 kilómetros cuadrados y donde habitan 21 457 personas.

Sustentado en la existencia y consolidación del trabajo de un conjunto de instituciones de Salud que incluye policlínico, clínica estomatológica, hogar materno, casa de abuelos, farmacias, y 28 consultorios del médico de la familia, y más de 150 profesionales de esa rama, la mayoría de ellos jóvenes formados en el carácter humanitario de la medicina cubana, este poblado sureño mantiene en cero desde inicios del presente año las tasas de mortalidad infantil y materna.

Allí, en uno de los 13 edificios multifamiliares que la Revolución construyó en San Nicolás, está Felicia con el corazón partido de sufrimiento por el hijo que le ahorcaron cuando este apenas había cumplido los 14 años porque fue testigo de cómo un bandido asalariado por el imperio del terror, en 1961, le pegó candela a un cañaveral. Y me confiesa la anciana, con su hablar pausado y tropeloso, que si tuviera más fuerzas para andar, y la mente más clara, este sábado ella estaría físicamente en la Tribuna Abierta que protagonizarán 10 000 patriotas nicolaseños, y alzaría su voz contra las injusticias que se siguen cometiendo por ese imperio en todo el mundo. Y eso que, a veces, a Felicia le falla la mente...

 

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