Existen momentos estelares en la vida
y uno de esos ocurrió el viernes en el teatro Karl Marx, de la
capital, protagonizado por dos ases de la música actual: el
pianista cubano Jesús Chucho Valdés y el cantaor español Diego El
Cigala.
Vivimos una época de trabajos en
equipo. En el plano político y económico los líderes mundiales,
por culpa de la ambición y la hipocresía de las grandes potencias,
no se ponen de acuerdo para ayudar a sus pueblos, pero los músicos
brindan otra nota divergente, la de la concertación y el diálogo
como la de Chucho y El Cigala.
El concierto comenzó tardío, una
hora después de lo programado, porque el cubano y el español se
divirtieron tanto ensayando que lograron olvidarse del tiempo y de
los horarios.
Así suele pasar en Cuba con los
visitantes ilustres, porque los artistas, dados a un disfrute de su
profesión "como Dios manda" se comportan como seres
humanos y no máquinas de hacer dinero.
Chucho llegó primero, de impecable
traje, y después de atronador aplauso de bienvenida se disculpó
ante su público con la ejecución de una pequeña pieza virtuosa.
Anunció a El Gigala y no apareció
el cantaor, sino el percusionista José Luis Quintana (Changuito),
el talentoso bajista Javier Molina (un pamplonés que cojea) y en la
caja Jesús Cortina.
El autor de Misa negra se sonrió con
todo su público ante semejante "error", pero a los pocos
segundos apareció El Cigala, con andar ceremonioso y vistiendo un
traje muy parecido al de Chucho.
Lágrimas negras se tituló el
espectáculo, similar al que han ejecutado El Cigala y Bebo, el
padre de Chucho, en otros lares de este vasto mundo que a veces es
tan chiquitico... !Queee, inovidablemente vivirá en mi...! comenzó
el cantaor en noche de matrimonio entre el bolero y el flamenco,
Cuba y España, Benny Moré e Imperio Argentina.
Siguieron 20 años, de María Teresa
Vera y Lágrimas negras, de Miguel Matamoros, canción que da nombre
al espectáculo y al disco de Bebo Valdés y El Cigala.
Desgarramiento gitano, amor y
desamor, lamento, furia... todo lo que el flamenco es y sus
compañeros de Ida y de Vuelta: el bolero, el son, la rumba y la
copla nutrieron la velada.
Diego El Cigala ofrendó en su
intimista voz de arranques dramáticos una lección de
"cante" por el que surcaron sus deudas con Moncho y
Machín.
No hay dudas, La Biblia tiene razón,
partimos todos de una misma mujer que salió de una costilla...
Vete de mi (tributo a Bola de Nieve),
Pedacito de alma (un estreno), matizaron una noche gloriosa en que
por unos instantes más de cinco mil personas le ganaron una batalla
a la tristeza, a los avatares y la indignación de observar una foto
de Abu Ghirab o Bush jugando golf en estos tiempos.
Niebla del riachuelo (un recuerdo de
Pacho Alonso) y Si te contara (sugerencia de Bebo Valdés al Cigala
para homenajear a Félix Reyna) pusieron la noche a un punto de
ebullición que posibilitaron el flujo a borbotones de una novedosa
ejecución del Concierto de Aranjuez, de Rodrigo, a la manera
gitana.
Una improvisación larga y el cierre
unánime con Lágrimas negras, cerró en circunferencia (según
algunos alquimistas la más perfecta de las formas), un concierto
soberbio en el que destacaron invitados de lujo como el saxofonista
César López y la joven promesa del violín, Joana.
"Quiero dedicar este concierto a
La Habana y a Cuba completa", dijo El Cigala al inicio del
recital y una ovación de pie y cerrada cumplimentó gratamente,
como hacen los bien nacidos, ese regalo flamenco.
(PL)