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Homenaje a Irakere y catálogo para respetar
Omar
Vázquez
Las presentaciones
artísticas de Cubadisco 2004 comenzaron por todo lo alto: en el
Amadeo Roldán, una gala por los 30 años de Irakere y en la sala
Covarrubias, una muy interesante muestra del catálogo de la
Promotora de la Música Tradicional Ignacio Piñeiro. Lástima que
esta última, en la noche del domingo, fuera para solo unos pocos.
Irakere es historia y
futuro. Luego del reconocimiento, por parte del Comité Organizador
de Cubadisco, la banda y su líder demostraron cuánto se le debe en
la renovación de la música cubana.
En la Covarrubias,
estimulada por la entrega de un Premio de Honor, con el que el
Cubadisco reconoció sus aportes desde que en 1956 grabó su primer
fonograma, aportando un sello que la ha hecho trascender
internacionalmente, la Aragón recibió el primer homenaje que se le
ofrece en su Isla en ocasión de su 65 aniversario: los muchachos de
Rafaelito Lay interpretaron El Bodeguero, de Richard Egües, A
gozar la vida, de Víctor Marín y otros clásicos suyos, y
reafirmaron por qué es considerada como la Charanga Eterna.
El juvenil Lágrimas
Negras presentó credenciales con Marionetas, de Marta
Sánchez, y ¡Oh, bella!, del repertorio de Los Zafiros, en
una línea que los emparienta con ellos, pero matizada con el rap y
otras tendencias. Mientras que Son Jazz se apoyó en la excelencia e
inquietud creativa de su pianista y director Lázaro Valdés. Fue el
de ellos un buen programa, desde Manteca, de Chano Pozo,
hasta San Pascual bailón (anónimo del siglo XIX, que para
muchos especialistas es una de nuestras primeras danzas), la cual
Lázaro ha fusionado con el jazz.
Mientras, Félix Baloy
sigue siendo un excelente intérprete, y parece dispuesto a ser
director de sus propios mensajes con sus Soneros. Convenció en Madre
mía, Yemayá, y Acheremí, de Rolando Vergara, y
supo ocupar el puesto de líder, sin dejar de ofrecerle oportunidad
de lucimiento a su hijo, un prometedor sonero.
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