Desde Venezuela

Borracha en medio del mar

PASTOR BATISTA y FRANKLIN REYES 
Enviados especiales

PUERTO LA CRUZ, Anzoátegui.— Desde lejos semeja a un inmenso dinosaurio que asoma su lomo sobre las azules y tranquilas aguas, para calentarse con los rayos del sol.

Muchos de ellos jamás habían
 escrito su nombre.

Pero más acá de ese encanto, salpicado por el vuelo de pelícanos que se zambullen en busca de peces, cristaliza y arde el salitre a medida que el litoral se ensancha ante la mirada humana y devela, sobre su curtida piel, una erupción de casuchas arropadas de zinc, cartón y pedazos de madera, botes que yacen exhaustos en la arena o que danzan sobre las olas, y personas que continúan, como hormigas, la misma tarea de sus antepasados: pescar... solo pescar.

Todos la conocen como Isla Borracha, aunque en su árida geografía no aparece una línea de licor, ni más líquido que el agua potable, traída en bote desde tierra firme y adorada por los miembros de la comarca como se venera a una diosa.

Aún así, alrededor de 120 habitantes, la mitad niños, agrupados en un puñado de familias, se aferran cada vez más a una tranquilidad, terriblemente humilde, pero propia, que gira y se repite como las agujas del reloj, ajena al bullicio de la ciudad, al dióxido de carbono, a la expansiva onda de los lumínicos, de los anuncios comerciales... de los medios.

PRIMER SORBO

"Llegué a esta isla hace 25 años —dice Iris Salazar—, y creo que no me iré de aquí jamás; es un lugar tranquilo, saludable, hay fuente segura de empleo. Pescamos a toda hora: temprano por la mañana, o por la tarde; también de noche. Cuando traemos hielo de Puerto La Cruz, conservamos el pescado. Y si no, lo llevamos el mismo día y lo vendemos allá para comprar las cosas que necesitamos: alimentos, ropa, cigarros...

Isabel María Pereda, otra pobladora, lleva aquí más tiempo : 35 años; tres décadas y media sacándole al mar catalanas, cabañas, tajalíes, sierras, catacos, pargos, cojinúas... y sacándole también descendencia a su vientre. Diecisiete hijos —afirma orgullosa— y 30 nietos, toda una prole de actuales y futuros pescadores, sin otro encanto que el mar, sin otra distracción que los naipes o el dominó sobre la arena, algunas veces, mientras la luz lo permite.

¿Qué hacemos si alguien se enferma?, repite Rosa Margarita, una anciana que a los 67 años aún pesca. Bueno, si es de día, llevarlo a tierra firme; si es de noche, esperar a que amanezca. Aquí nunca ha habido un médico. Hemos oído hablar de unos cubanos que tratan muy bien a la gente y hacen milagros. Ojalá nos pusieran uno aquí.

SEGUNDO SORBO

Cuentan que fue como un regalo del cielo. Ancianos, adultos, jóvenes, niños... todos se congregaron frente a la pequeña y cuadrangular construcción —la mejor del lugar— donde radica la escuelita.

Alguien bajó un pizarrón nuevo. Y después cuadernos, y un calendario escolar con la pintura de un patriota llamado Simón Rodríguez, y un televisor, y luego un equipo de video, y casetes...

No pocos de estos niños podrán 
un día ser universitarios.

Posiblemente muchos, como Marcelino Perera, se preguntaron entonces si Chávez no se habría equivocado, al enviar todo aquello para un lugar donde nunca llegó más energía que la de los rayos y centellas en noches de tormenta.

Pero ya los hombres de la Guardia Nacional bajaban también aquella planta, que desde entonces solo se usa para alimentar a los equipos encargados de arrojar, a través de un mágico destello, la luz sobre unas 40 personas que nunca escribieron sus nombres... o ya no recordaban cómo hacerlo.

Era junio. Llena de pasión y de futuro, la Misión Robinson había desembarcado en La Borracha. La casi totalidad de los periódicos, revistas, espacios radiales y televisivos seguían tan ocupados fabricando un vendaval político contra el Gobierno de Hugo Chávez que podrían contarse con los dedos de una mutilada mano los que dedicaron una sola línea a aquel humano gesto.

BRINDIS POR LA ETERNIDAD

Yo no soy de aquí, comenta Yudith Villanueva, facilitadora de la Misión Robinson. Tampoco José Córdova; generalmente venimos el lunes y nos vamos el viernes. Pero William, el otro joven que imparte clases, sí vive en este lugar; es bachiller y está en trámites para hacer la universidad...

No es el único que podrá llegar a ella. El tiempo cambia cada vez más, a favor de quienes jamás tuvieron nada.

Por eso, quién duda que algún día muchos de los niños que abrieron sus ojos al mar gracias a las prodigiosas manos de Natividad, la partera de Isla Borracha, asombren a un tribunal universitario, no solo por su inteligencia, sino también por el ardor con que defiendan el vuelo de los pelícanos, la belleza de las gaviotas, los tesoros de las profundidades marinas, los poros del medio ambiente, el derecho de todo lo que vive a seguir vivo.

 

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