Democracia y libertad cubanas

Iraida Calzadilla Rodríguez

Mediodía cubano. El sol restallante del Caribe calienta la ancha avenida del Malecón habanero, inundado por una compacta masa humana. Tras la avanzada, encabezada por el Comandante en Jefe Fidel Castro, desde las ocho de la mañana ya han desfilado centenares de miles de habaneros en esta Marcha de protesta contra la política fascista de Bush.

Los cinco bloques de estudiantes vinculados con los Programas de la Revolución, los trabajadores de la Corporación Cimex, del Ministerio del Turismo, los pobladores de la provincia de La Habana y varios de los municipios de la capital ya han hecho patente su posición en contra de las medidas agresivas de la actual administración norteamericana y de su llamado programa de transición. Al final, todavía pronto para avizorarlo, quedará cerrada esta gigantesca demostración popular por un grupo de obreros del Ministerio de la Construcción y del Movimiento de Microbrigadistas de Ciudad de La Habana.

Como expresó Fidel en su proclama en horas muy tempranas, Bush no tiene derecho a hablar de democracia, entre otras cosas, porque su ascenso a la presidencia de Estados Unidos fue un gran fraude; ni puede hablar de libertad porque no concibe otro mundo que el regido bajo el imperio del terror y de las armas mortíferas.

Cabría preguntarle al señor Presidente de Norteamérica qué piensa sobre esta multitudinaria marcha. ¿Quién puede venir a vendernos recetas de democracia y libertad? Dígase escuelas y servicios de salud gratuitos, bienestar y seguridad social, prioridad a niños, adolescentes y jóvenes, atención a los ancianos, un maestro por cada 20 alumnos en las aulas de primaria y 15 por cada profesor de secundaria básica, dignidad plena del hombre y la construcción de una sociedad en la que todos aspiren a iguales posibilidades y oportunidades. Hechos, y no palabras, avalan la democracia y libertad de este país.

 

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