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Más que una marca de cigarros
RONAL SUÁREZ RAMOS
PINAR DEL RÍO.— Los
fumadores que a mediados de la década de los años cincuenta del
pasado siglo empezaron a ver una nueva marca de cigarros en los
estantes de bodegas y cafeterías, seguramente estarían lejos de
imaginar el mensaje social contenido en las siete letras que daban
nombre al nuevo producto: Coopera.
Cajetillas de Coopera se conservan
en el museo de San Luis.
Su tiempo de vida fue
relativamente corto y su historia tan poco conocida, que me
sorprendí cuando el experimentado productor de capas Alejandro
Robaina recuerda aquella época en que un grupo de tabacaleros
pudientes y bien intencionados, calorizó la progresista iniciativa
del cura Claudio Ojea, de montar en San Luis una fábrica de
cigarrillos con el fin de proteger a los vegueros más modestos.
El origen, según
Robaina, estaba en el fabuloso negocio que representaba la
comercialización de tabaco. Los compradores o mercaderes, como se
les conocía en el campo, se ponían de acuerdo antes de ir a
visitar las vegas, para poner precios que fluctuaban según la
demanda y los resultados de la cosecha, siempre que les aseguraran
altas ganancias.
Existía entonces el
llamado rezago, consistente en que el comprador muestreaba los
pilones de tabaco y compraba la parte que satisfacía sus
expectativas; la otra quedaba allí, y el productor debía escoger
entre venderla a precios de miseria, o dejar que se la comieran los
bichos.
Los cosecheros de
mayores recursos podían resistir y hasta darse el lujo de quemar
una cosecha, pero los humildes, quienes constituían la mayoría,
estaban obligados a ceder, pues por lo general adeudaban al
bodeguero, al boticario y al Banco más de lo que recibirían por el
fruto de un año de trabajo.
EL PROPÓSITO DE OJEA
Compenetrado con la
precaria situación de los hombres y mujeres del campo, el padre
Ojea sensibilizó a varios campesinos de posición económica
holgada para montar en San Luis una fábrica de cigarrillos que
comprara el excedente a los cosecheros, como una forma de
protección contra las triquiñuelas de los mercaderes.
Según expresaría
décadas después, 60 tabacaleros se asociaron al proyecto mediante
el aporte de 100 pesos cada uno. José María Fernández, quien a la
sazón tenía una fábrica de tabaco torcido, cedió gratuitamente
para la producción de cigarrillos, la planta baja del edificio. El
equipamiento, aunque de atrasada tecnología, fue traído de La
Habana y de Estados Unidos.
El 20 de marzo de 1955,
según aparece en una información brindada por el museo
sanluiseño, comenzó a producir la flamante industria, que adoptó
como marca comercial la palabra Coopera, todo un símbolo de su
origen y objetivos, y un adelanto del movimiento cooperativo
campesino que tras el triunfo de la Revolución se extendió por
toda Cuba.
LO QUE PASÓ DESPUÉS
Alejandro Robaina,
seleccionado para integrar la junta directiva, coincide con Osvaldo
al recordar aquellos días iniciales y lo que pasó después: "Los
primeros cigarrillos no tuvieron aceptación, pues resultaban muy
fuertes para los fumadores. Se trajo entonces a un experto de una
fábrica habanera y mejoró la calidad, con lo que se elevaron las
ventas".
Alejandro Robaina formó parte
de la primera junta directiva.
"Pero
entraron a la asociación un grupo de personas que tenían otras
ideas; más que resolver el problema de los campesinos les movía el
afán de lucro; como eran más poderosos económicamente, habían
adquirido la mayor parte de las acciones; fuimos a unas elecciones y
ganaron, con lo que tomaron el mando, lo cual motivó la retirada de
los iniciadores."
UNA HISTORIA DENTRO
DE OTRA
Faustino Pérez
Fernández es asesor de Informática en la Dirección Municipal de
Educación y nieto de José María. Él ha estado interesado en
rescatar la memoria de aquel acontecimiento, del cual su abuelo fue
uno de los principales protagonistas, y me contó lo que pudiera
considerarse una historia dentro de otra.
"Al
terminar la Segunda Guerra Mundial finalizó la época de bonanza y
vinieron a comprarle la cosecha muy barata, por lo que se negó a
vender. Creó una escogida que le permitía comercializar las hojas
procesadas directamente con la industria, y más tarde empezó a
torcer, lo que dio origen en 1947 a la fábrica de tabacos El Baño,
la cual llegó a emplear más de 40 trabajadores y se mantuvo activa
hasta 1959.
Sobre el final de la
fábrica de cigarros sanluiseña existen dos versiones: una asegura
que fue en 1957, a causa de los errores de la nueva directiva; otra,
que se mantuvo hasta 1959, cuando se extinguió sin que llegara a
ser intervenida.
Lo cierto es que a
partir del triunfo de la Revolución ya Coopera no era necesaria
para los fines que le dieron origen. Precios justos y mercado para
sus producciones, junto al cambio radical que significó para las
familias pobres del campo la Reforma Agraria, trajeron una nueva era
para los tabacaleros. |