Más que una marca de cigarros

RONAL SUÁREZ RAMOS

PINAR DEL RÍO.— Los fumadores que a mediados de la década de los años cincuenta del pasado siglo empezaron a ver una nueva marca de cigarros en los estantes de bodegas y cafeterías, seguramente estarían lejos de imaginar el mensaje social contenido en las siete letras que daban nombre al nuevo producto: Coopera.

Foto: DANIEL MITJANS Cajetillas de Coopera se conservan
 en el museo de San Luis.

Su tiempo de vida fue relativamente corto y su historia tan poco conocida, que me sorprendí cuando el experimentado productor de capas Alejandro Robaina recuerda aquella época en que un grupo de tabacaleros pudientes y bien intencionados, calorizó la progresista iniciativa del cura Claudio Ojea, de montar en San Luis una fábrica de cigarrillos con el fin de proteger a los vegueros más modestos.

El origen, según Robaina, estaba en el fabuloso negocio que representaba la comercialización de tabaco. Los compradores o mercaderes, como se les conocía en el campo, se ponían de acuerdo antes de ir a visitar las vegas, para poner precios que fluctuaban según la demanda y los resultados de la cosecha, siempre que les aseguraran altas ganancias.

Existía entonces el llamado rezago, consistente en que el comprador muestreaba los pilones de tabaco y compraba la parte que satisfacía sus expectativas; la otra quedaba allí, y el productor debía escoger entre venderla a precios de miseria, o dejar que se la comieran los bichos.

Los cosecheros de mayores recursos podían resistir y hasta darse el lujo de quemar una cosecha, pero los humildes, quienes constituían la mayoría, estaban obligados a ceder, pues por lo general adeudaban al bodeguero, al boticario y al Banco más de lo que recibirían por el fruto de un año de trabajo.

EL PROPÓSITO DE OJEA

Compenetrado con la precaria situación de los hombres y mujeres del campo, el padre Ojea sensibilizó a varios campesinos de posición económica holgada para montar en San Luis una fábrica de cigarrillos que comprara el excedente a los cosecheros, como una forma de protección contra las triquiñuelas de los mercaderes.

Según expresaría décadas después, 60 tabacaleros se asociaron al proyecto mediante el aporte de 100 pesos cada uno. José María Fernández, quien a la sazón tenía una fábrica de tabaco torcido, cedió gratuitamente para la producción de cigarrillos, la planta baja del edificio. El equipamiento, aunque de atrasada tecnología, fue traído de La Habana y de Estados Unidos.

El 20 de marzo de 1955, según aparece en una información brindada por el museo sanluiseño, comenzó a producir la flamante industria, que adoptó como marca comercial la palabra Coopera, todo un símbolo de su origen y objetivos, y un adelanto del movimiento cooperativo campesino que tras el triunfo de la Revolución se extendió por toda Cuba.

LO QUE PASÓ DESPUÉS

Alejandro Robaina, seleccionado para integrar la junta directiva, coincide con Osvaldo al recordar aquellos días iniciales y lo que pasó después: "Los primeros cigarrillos no tuvieron aceptación, pues resultaban muy fuertes para los fumadores. Se trajo entonces a un experto de una fábrica habanera y mejoró la calidad, con lo que se elevaron las ventas".

Foto: DIEGO ESTRELLAAlejandro Robaina formó parte
 de la primera junta directiva.

"Pero entraron a la asociación un grupo de personas que tenían otras ideas; más que resolver el problema de los campesinos les movía el afán de lucro; como eran más poderosos económicamente, habían adquirido la mayor parte de las acciones; fuimos a unas elecciones y ganaron, con lo que tomaron el mando, lo cual motivó la retirada de los iniciadores."

UNA HISTORIA DENTRO DE OTRA

Faustino Pérez Fernández es asesor de Informática en la Dirección Municipal de Educación y nieto de José María. Él ha estado interesado en rescatar la memoria de aquel acontecimiento, del cual su abuelo fue uno de los principales protagonistas, y me contó lo que pudiera considerarse una historia dentro de otra.

"Al terminar la Segunda Guerra Mundial finalizó la época de bonanza y vinieron a comprarle la cosecha muy barata, por lo que se negó a vender. Creó una escogida que le permitía comercializar las hojas procesadas directamente con la industria, y más tarde empezó a torcer, lo que dio origen en 1947 a la fábrica de tabacos El Baño, la cual llegó a emplear más de 40 trabajadores y se mantuvo activa hasta 1959.

Sobre el final de la fábrica de cigarros sanluiseña existen dos versiones: una asegura que fue en 1957, a causa de los errores de la nueva directiva; otra, que se mantuvo hasta 1959, cuando se extinguió sin que llegara a ser intervenida.

Lo cierto es que a partir del triunfo de la Revolución ya Coopera no era necesaria para los fines que le dieron origen. Precios justos y mercado para sus producciones, junto al cambio radical que significó para las familias pobres del campo la Reforma Agraria, trajeron una nueva era para los tabacaleros.

 

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