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La aparcería o la esclavitud sin cadenas
RONAL SUÁREZ RAMOS
PINAR DEL RÍO.— De
todas las formas de explotación barridas por la Reforma Agraria
promulgada el 17 de mayo de 1959, la aparcería era una verdadera
esclavitud sin cadenas.
La promulgación de la Ley de Reforma
Agraria hizo realidad los sueños de miles
de campesinos: ser verdaderos dueños
de la tierra que abonaban con su sudor.
Hay ejemplos como el del
viejo Alejandrino, quien permaneció toda su vida trabajando para
distintos terratenientes, despóticos y abusadores hasta la médula,
los cuales cambiaban cada año su automóvil por el de último
modelo, mientras él y su familia pasaban todo tipo de necesidades.
Pero como muy pocos
recuerdan aquellos tiempos, y la mayor parte de los cubanos de hoy
no los conoció, ahora abundo en el tema.
Aparcero o partidario,
como también se le llamaba, era el campesino que obtenía del
dueño de la finca un pedazo de tierra donde trabajar; en Pinar del
Río casi siempre asociado a la producción tabacalera, en el cual
construía su rústica vivienda con lo que tuviera a mano.
Piso de tierra, guano de
palma para el techo y tabla o yagua para las paredes, eran los
principales recursos disponibles que además le permitían
desmantelar el bohío y emigrar a otra zona si el terrateniente
decidía prescindir de sus servicios.
Debía entregar, limpia
de polvo y paja, la tercera parte de lo que producía —o en el
caso de los más agraciados la cuarta—, después de costear todos
los gastos. El propietario de la finca era, por lo general, el
dueño del motor de riego del que se servían los aparceros,
servicio que debían pagar.
También les daba un
anticipo en efectivo que recuperaba con un 10% de interés. Igual
hacía con los fertilizantes, pesticidas, hilo para el ensarte y
demás insumos suministrados a sobreprecio. No pocas veces disponía
de una bodega, adonde iba a parar el poco dinero que le quedaba al
partidario.
El aparcero ponía en
función de la producción a toda la familia; mientras duraba la
campaña tabacalera el terrateniente le adelantaba 10 ó 15 pesos
como refacción semanal, pero al llegar el "tiempo muerto"
de inmediato cortaba todo tipo de financiamiento.
Alejandrino y sus tres
hijos varones debían dedicarse a partir de entonces a hacer
carbón, o lo que apareciera, mientras las mujeres de la familia,
con suerte podían conseguir un puesto en la escogida durante
algunos meses y contribuir con los centavos que obtenían como
jornal a que se encendiera el fogón.
El dueño de la finca
era quien vendía el tabaco y pactaba precio con los compradores.
Después les informaba: "Vendimos a tanto el quintal", y no quedaba
más remedio que creerle. A la hora de liquidar la cosecha, como él
era quien llevaba las cuentas, iba llamando a los partidarios, uno
por uno, y les informaba: "Te quedan 100 pesos", o "Estás empeñado
en 50 pesos, pero para que no salgas mal, borrón y cuenta nueva".
Así, el esquilmado
campesino salía de la conversación con el magnate teniéndole que
agradecer la condonación de su deuda. ¿Por qué seguía dejándose
explotar y se repetía año tras año la misma historia?
Sencillamente porque no tenía otra salida; mal que bien allí
podía mantener su vaquita, autoabastecerse de algunas viandas y
granos, y tener un techo para alojar a la familia. Si decidía irse
y convertirse en obrero cíclico, no le quedaba otra opción que
construir su vivienda en el camino real y renunciar a sus precarias
propiedades.
Los miles de familias
que en la provincia estaban sometidos a semejante régimen vieron
realizados sus sueños aquel 17 de mayo, cuando además de
conver-tirse en propietarios de la tierra que habían abonado con
sudor, tuvieron acceso a créditos, seguridad, igualdad y confianza
en el porvenir. |