Monólogo desde tu adentro

Pastor Batista y Franklin Reyes
Enviados especiales

ARAGUA.— Cautelosa como una niña que no quiere molestar, Dina Fernández llega hasta el ambulatorio de la doctora Belquis Maceo Wilson, se apoya cual mariposa a la pared, y apenas se ha marchado aquel paciente se dirige hasta Belquis para fundirse en ese abrazo emocionado, que nunca olvidará... aunque viva por siglos.

Dina ha recibido de Belquis algo fundamental, ternura y mucho cariño.

Conmovedora escena: la septuagenaria abuela no ha venido solo por razones de consulta. Viene también a liberar un pedacito de su espíritu.

"A veces miro a la doctora —me dice Dina con su inconfundible acento español— y siento deseos de abrazarla bien fuerte. Y lo hago ¿sabes? lo hago... porque, además de salud, Belquis nos da vida y alegría. Las personas mayores necesitamos tanta atención y ternura como un recién nacido.

"Hace poco nos reunió (a un grupo de abuelos) y bailamos, hicimos ejercicios, contamos chistes... pasamos un rato chévere. ¿Cuándo había sucedido eso aquí en este lugar? ¡Jamás!

"Lo mejor que pudo ocurrirnos a los venezolanos fue que nuestro presidente Chávez trajera a estos médicos cubanos. Yo siento una gran alegría y al mismo tiempo un poco de pena con ellos, porque están lejos de su país, de su familia... pero es que nos hacen tanta falta.

"Mira: yo misma llevaba 20 años, ¿te das cuenta?, ¡veinte años! con problemas en un oído. Pasaba noches enteras con un dolor terrible que me llegaba a toda la cabeza y hasta la mandíbula. Había ido a muchos médicos privados y a clínicas donde ni me examinaban, no le daban importancia a mi dolencia. Yo no sé la cantidad de dinero que gasté comprando los medicamentos y, en lugar de mejorar, me sentía peor cada vez.

"Entonces llegó esta doctora, vine a verla y yo quisiera que tú vieras el cariño con que me atendió desde el primer día. Me puso un tratamiento y enseguida mejoré. No te imaginas el alivio que he tenido. Creo que ahorita me siento mejor que cuando era joven, porque estoy haciendo hasta ejercicios físicos con ella y con otros ancianos... Quiero decirte que yo siempre añoré ir a Cuba. Mi familia tiene su raíz en España y pedacitos en Cuba, aquí en Venezuela y en todo el mundo... Pero en verdad esos deseos son más grandes ahora, porque cada vez que conozco a un cubano siento que me quieren tanto como aquellos dos nietos `carajayos' (grandotes) que tengo en mi casa..."

Sin sospechar que esta suerte de monólogo la ha involucrado totalmente, Belquis termina de examinar a una mujer llamada Ramona de Jesús. Por un momento siento deseos de preguntarle algo acerca de su familia allá en Ciudad de La Habana, o con respecto a su labor, en el consultorio 27 del policlínico Pasteur (municipio de Diez de Octubre), pero termino preguntándome yo mismo si es necesario, después de lo que acaba de confesarme espontánea y humildemente Dina.

Pero no había que añadir una palabra más... justamente en ese instante la anciana se inclinaba sobre mí, y luego sobre Belquis, para regalarnos un beso, suave, tierno, tan parecido al que en las noches solían, o suelen darnos nuestras abuelas, creyéndonos ya dormidos, cautelosas en la penumbra, como pequeñas musas que no quieren alterar el sueño, ni con la indiscreta dulzura de un suspiro.

 

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