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Al filo de la belleza
ROLANDO PÉREZ
BETANCOURT
No quiero parecerme a mí,
sino al que veo.
El concepto no pertenece a
ningún filósofo de altura, sino al desarrollo, primero normal, y
ahora desvirtuado, de un viejo patrón de influencias.
Salón de operaciones para
un reality show.
El asunto empezó mucho
antes de crearse la imprenta, cuando los cantores de gestas iban por
aquí y por allá relatando las heroicidades de unos hombres de
rostros desconocidos, pero lo suficientemente victoriosos como para
aspirar a una representación fisonómica en el imaginario popular.
Las letras impresas de
Gutenberg significaron una asonada, en cuanto a la difusión de esos
ideales dignos de imitación de los que siempre ha necesitado el ser
humano para remontar estaturas. No habría que olvidar, sin embargo,
que Don Quijote comenzó siendo un remedador de arquetipos —aquellas
historias de caballeros andantes devorados en libracos que se copiaban
los unos a los otros— para convertirse quizá en el más célebre
desquiciado por "los medios" de entonces.
Las novelas por entrega se
sirvieron del enorme éxito de las revistas para difundir moldes de
conductas y, principalmente, muchas guapezas que les allanarían el
camino a la radio y al cine. Alguna vez he contado cómo de niño
debí mantener reposo absoluto durante una semana luego de que,
creyéndome el Capitán Marvel, toalla atada al cuello y en el pecho
una inspiración vengadora, me lancé al espacio (más bien hacia una
cama que no fue bien medida) desde la altura de una silla colocada
encima de una mesa.
Hoy los tiempos están
cambiando en algunos lugares y no pocos paradigmas, como el triunfo
del bien sobre el mal, representados en la piel de personajes,
importan poco frente a un propósito más ligero amasado por
los maestros de la propaganda moderna: "Parecerme no a mí, sino al
que veo". ¿Y a quién veo? Pues no al personaje envuelto en una
trama, sino al actor o cantante triunfador en sus medios; tener su
nariz, su perfil, su acerada mirada, transmutación de una naturaleza
e identidad por la otra, en cuyo acto de magia parece no importar que
por el camino queden despojos de ética. Las millonarias industrias de
la cosmética y la televisión, puestas de acuerdo en función de
cumplir los sueños más insólitos provenientes de una atontada
audiencia: ser bellos, "como los famosos y triunfadores", a toda
costa. Una fiebre de belleza inventada que ha hecho que los ya
clásicos reality shows con historias de adulterios zanjadas a
trompicones delante de las cámaras, cedan espacio al boom de
la cirugía plástica. No recursos del quirófano apuntando hacia
comprensibles necesidades de algunos de perder grasa, mandar a paseo
unas cuantas arrugas, tirarle un lazo a un poco más de juventud. No.
El quirófano para quitar y agregar en aras de parecerse a un actor
famoso, o ganar un concurso de belleza.
Varios son los programas
que en los últimos tiempos, bajo este signo, acaparan grandes
audiencias en los Estados Unidos. El más reciente de todos, The
swan (El cisne), presentará en las próximas semanas a 17 mujeres
seleccionadas por el poco atractivo que tenían para que compitan en
un concurso de belleza, luego de haber sido sometidas durante tres
meses a la cirugía plástica y a sesiones de cosmética. Lo opaco de
esta historia de patico feo es que en todo ese tiempo a ninguna de
ellas se le ha permitido mirarse en un espejo y "de lo que vendrá"
tendrán que enterarse delante de las cámaras, junto a los
televidentes.
La parada ha ido subiendo
desde que apareciera el primer programa de este tipo en la cadena ABC,
Reforma extrema, que se ocupa de presentar historias
sentimentales de rostros ingratos remediados mediante la cirugía
estética. El último grito de la cuchilla transformadora lleva por
título I want a famous face (Quiero una cara famosa).
Ya aquí el asunto no es remediar imperfecciones, sino buscar
parecerse a alguien célebre y, por supuesto, atractivo.
Una renuncia al yo a
cambio de "parecerme a lo que veo", que según algunos despachos
cablegráficos ha hecho que la Sociedad Estadounidense de Cirugía
Plástica y Estética exprese su preocupación por la ligereza de los
programas.
Pero nadie ha hecho caso,
parece que absortos en las cuentas.
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