María bajo la palma real

En el centenario de María Zambrano, que tan honda (y no tan secreta) huella dejó en la cultura cubana

PEDRO DE LA HOZ

Es muy posible que en los próximos años el rostro de Ariadna Gil, Maribel Verdú o Aitana Sánchez Gijón —vaya usted a saber cuál será el fichaje de José Luis García Sánchez para su película— identifique en el imaginario popular a María Zambrano. Vale, después de todo, la idea de llevar al cine la vida de María, proyecto impulsado al calor del centenario de su nacimiento (Vélez, Málaga, 22 de abril de 1904). Si no se traiciona el acento de sus angustias y esperanzas, que la desollaron y levantaron a lo largo de una vida marcada por el extrañamiento de su suelo natal, vale la pena que la pantalla registre la impronta de una de las más recias personalidades españolas del siglo pasado.

Pero la mejor manera de tenerla viva es yendo a su escritura, donde se nos revela, más allá y más acá de acuerdos y desacuerdos con su credo filosófico, un heroísmo intelectual de dimensiones insospechadas. Más aún para los cubanos, porque María Zambrano, por derecho propio, forma parte de nuestra cultura.

Esa pertenencia no solo está dictada por sus estancias insulares y los fecundos vasos comunicantes que estableció con uno de los núcleos imprescindibles de la vida intelectual cubana de todos los tiempos: el grupo Orígenes. El legado de la pensadora malagueña aporta ejemplo e ideas que se entroncan con la misión de rescate de la eticidad, como conducta para el renuevo humanista que estamos más que nunca necesitando.

Lezama intuyó siempre la irreductible cercanía de María. En 1975, lo dijo en estos versos: "Vivirla, sentirla llegar como una nube, / es como tomar una copa de vino / y hundirnos en su légamo. / Ella todavía puede despedirse / abrazada con Araceli, / pero siempre retorna como una luz temblorosa".

Al presentar hace unos años Persona y democracia, uno de los ensayos clave de la producción zambraniana, Cintio Vitier, quien ha sido uno de los más fieles exegetas cubanos de la obra de la singular española, la evocó del siguiente modo: "Siempre la recordamos repitiendo, con la sibilina entonación de un amanecer perennemente revivido, la pregunta prístina de la filosofía occidental, ese ¿qué son las cosas? que volvía a sus labios casi como una jaculatoria o letanía". María Zambrano había llegado a Cuba por primera vez en 1939, expatriada tras la caída de la República, una causa que nunca abandonó y a la que había dado no solo el valor de su pensamiento sino también el coraje de su activa militancia. Luego se instaló en México, y en 1948, después de un viaje a París donde se reencontró con su hermana Araceli, víctima de la represión nazifascista, se instaló con ella en la Isla hasta 1953.

Fue en ese periodo cuando profundizó sus lazos con los origenistas, a quienes ya había conocido años atrás. En las páginas de Orígenes publicó La Cuba secreta (1948), ese famoso texto en el que se define cubana y nos advierte de una cualidad esencial, válida y entrañable, para entender nuestra identidad en movimiento.

Entre nosotros, María escribió, además de Persona y democracia, dos de sus ensayos más importantes, Los sueños y el tiempo y El hombre y lo divino. Una copia de este último texto fue hallado en el automóvil donde viajaba Albert Camus al morir trágicamente en un accidente de tránsito. En esos textos y en otros de su producción hizo explícita sus más latentes preocupaciones: la búsqueda de la razón poética, el rescate de la experiencia de los sentidos y el ejercicio de la libertad individual como un don al servicio de los demás.

 

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