Otros héroes y otros mercenarios a sumar a Girón

RAÚL VALDÉS VIVÓ

En días de Girón todos los cubanos recordamos que aquella batalla fue entre héroes y mercenarios. No hubo nadie fuera de esos dos bandos. Ni indiferentes ni neutrales. Cuba venció porque, guiada por el primero de sus héroes, llevó a las arenas de Playa Larga y Playa Girón el heroísmo colectivo de todo nuestro pueblo. Aquella parte suya que tuvo el honor (dictado por la selección del lugar por la CIA) de participar con las armas en la mano en los combates, representaba a todos. Cada quien cumplió su deber, sin temer que aquel artero ataque de mercenarios reclutados, entrenados, armados, pagados y dirigidos por el gobierno yanki, fuera el preludio de bombardeos masivos y la invasión de las tropas más poderosas de Estados Unidos. En el asesinato del presidente Kennedy, dos años después, entra que él no se atrevió a tanto.

El imperio fue derrotado (su primera gran derrota en América) por la sencilla razón de que un héroe es infinitamente superior a un mercenario.

El héroe, que yace siempre en el fondo del hombre, según lo descubrió en sí mismo Martí, lucha por la independencia y la justicia de la Patria, el mercenario, por el contrario, mata por lo que le pagan: la anexión de Cuba a la potencia que alquila su conciencia y le ordena matar.

El Apóstol explicó que en el proceso político cubano se enfrentaban cuatro corrientes: la anexionista (anterior a la nación cubana, consustancial a Estados Unidos desde su mismo nacimiento); la revolucionaria, bautizada en sangre el 10 de Octubre de 1868; la reformista, que buscaba suavizar el yugo colonial, surgida en réplica de la oligarquía criolla a la Revolución, y la anarquista, producto del afán de una justicia social rápida, sobre esta alertó que dividía y confundía al pueblo, porque primero es la independencia y luego la emancipación del pueblo trabajador.

Al invitar a Máximo Gómez un decenio antes de que pudiera organizar el Partido, a militar en las filas de la Revolución que preparaba, lo que también hizo con Maceo, ganándose a ambos para la vanguardia política, Martí demostró que en definitiva sólo dos corrientes quedarían en la escena, porque el autonomismo reformista se dividiría entre los que se pasarían a los patriotas y los que irían a Madrid a ser condes de la libertad, como dijo con ironía denunciadora de la traición, y los anarquistas podían ser convencidos de que la cólera debía ser contra el amo extranjero y la historia no se hace en un día. Pero la corriente revolucionaria y la anexionista estaban llamadas a una lucha final decisiva. La primera, porque el cubano, antes que la libertad, se quita la vida. La segunda porque Estados Unidos tendría la complicidad de España al sentirse derrotada por la República en Armas. Así fue.

En la república neocolonial (el anexionismo abierto fue imposible) hubo las cuatro corrientes. Mella y Guiteras revivieron el torrente revolucionario, que en el Moncada encontró el camino de la victoria, que pasa por la Sierra Maestra, la clandestinidad y ese Girón que no fue de pocos días, sino que cubre 45 años. Choca triunfalmente con la corriente anexionista, porque reformismo y anarquismo dejaron de tener razón de ser.

A los héroes de la Patria se han sumado millones, y cinco de los nombres que los sintetizan están en las trincheras de ideas de las cárceles del imperio.

A los mercenarios se añaden los anexionistas vergonzantes que reciben dólares y órdenes de la Oficina de Intereses de Estados Unidos, disfrazados de reformistas para que Europa haga lo que aquel Madrid colonial y se sume al imperio, donde su mafia fascista demanda la anexión abierta.

No hay ahora tampoco duda de que el heroísmo vencerá, armado de las ideas, como acaba de suceder en esa colosal victoria moral de nuestro pueblo en Ginebra.

 

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