La salud en centros penitenciarios

JOSÉ A. DE LA OSA

Aunque situados en el perímetro de Ciudad de La Habana, desde el punto de vista geográfico el Hospital Nacional de Reclusos —al Este, en el kilómetro 13 de la carretera Monumental— y el Policlínico de la Prisión de Mujeres de Occidente, al Suroeste, en el municipio de La Lisa, pudieran parecer distantes.

Sin embargo, en una visita a esos centros asistenciales de delegados y periodistas que participaron en el Primer Congreso Cubano de Medicina Penitenciaria, encontramos una cercanía en el quehacer de los que allí ejercen el más noble y humano de los oficios, los trabajadores de la salud, y una idéntica proyección social: la que emana de la Revolución y que en ambas instituciones se traduce en la posibilidad cierta de que puede prevalecer una sociedad más solidaria y justa.

Foto: ALBERTO BORREGOUna reclusa con su bebé en el Hogar Materno de la Prisión de Mujeres de Occidente.

Este reportero, acostumbrado por su cotidiana labor a andar y desandar los senderos hospitalarios, durante el recorrido de ayer por salas asistenciales y de cuidado intensivo e intermedio, de Fisioterapia, unidades quirúrgicas, departamentos de Rayos X y Ultrasonido, Laboratorios Clínicos, Cuerpo de Guardia de Urgencia, dotados de avanzado equipamiento, confiesa que no podría hacer distinción entre esas bien dotadas y limpias instalaciones y las mejores que existen fuera de los recintos penitenciarios.

La atención médica preventiva que se brinda a las reclusas en la Prisión de Mujeres de Occidente, como ejemplo ilustrativo, no difiere de la que recibe la población general, como tampoco a las gestantes o a las que tienen hijos mientras cumplen una condena. Se les mantienen controles periódicos de enfermedades trasmisibles y no trasmisibles, se les realizan los exámenes de rigor para la detección del cáncer cérvico-uterino, o para detectar riesgos preconcepcionales, y se les ofrecen los cuidados derivados del programa materno-infantil. Además, el ciento por ciento de las gestantes en prisión son trasladadas en el momento del parto a un hospital materno.

En el centro asistencial de la prisión disponen de áreas especiales para el ingreso hospitalario de la mujer y también para el bebito, y luego del parto, y durante un año, las madres se mantienen junto a sus hijos en el Hogar Materno para brindarles la lactancia. No es casual que el MINSAP y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) le hayan otorgado al Policlínico la condición de Amigo de la Madre y el Niño.

En el hospital clínico-quirúrgico del Este de la capital, con tres plantas y una dotación de 200 camas, se presta asistencia en 16 especialidades médicas. Un 77% del personal profesional y técnico está integrado por mujeres.

Uno de los pacientes con el que conversamos durante el recorrido, ahora en franca recuperación, fue sometido hace apenas dos semanas a un trasplante de córnea de su ojo derecho y recibió también la implantación de un lente intraocular en el Oftalmológico Pando Ferrer de Marianao, adonde fue trasladado para la intervención quirúrgica, atendiendo a los requerimientos especializados de esa operación, como sucede con cualquier ciudadano en nuestro país.

De las 11 camas que dispone la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital, cuatro están destinadas a cuidados intermedios y dos a pacientes que, por presentar alguna enfermedad infecciosa, requieren de aislamiento.

El área docente, con laboratorio de computación, acoge en estos momentos a 16 reclusos, con grado 12 de escolaridad, que iniciaron hace un mes un Curso Emergente de Enfermería con una extensión de dos años, que responde a los revolucionarios programas emprendidos para convertir las prisiones en escuelas y facilitar la posterior reinserción social de los penados.

Una de las profesoras, la licenciada Mailá López, que impartía Fundamentos básicos de enfermería a nuestra llegada al aula, indicó a Granma el gran interés y motivación por los estudios que demuestran sus alumnos, "conscientes y convencidos" —son sus palabras— de la hermosa labor que lleva a cabo la Revolución de convertir las prisiones en escuelas.

"Cuando cumplan con la sociedad por el delito cometido —añadió— saldrán de la prisión preparados y capacitados para poder incorporarse, como seres humanos que son, a una vida socialmente útil."

Un joven alumno declaró a la prensa nacional y extranjera que ha cumplido siete años de la condena que le fue impuesta por un delito de robo con fuerza que, refirió, "lo hice por falta de experiencia, por inmadurez, porque me faltó un padre que me orientara". Y luego, sin ocultar su orgullo, sacó de su mochila libros de estudio y libretas, para expresar que "estamos estudiando de verdad", y dijo que cometió un error y lo estaba rectificando con la ayuda del centro penitenciario, "porque pienso que para mí también puede existir un mañana".

Al concluir esta reseña de prisa por el cierre de nuestra edición, pensaba en Fidel, gestor de estas revolucionarias concepciones y conocedor profundo de los resultados que en educación también se alcanzan en nuestros centros penitenciarios.

 

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