Buscando a Nemo

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT

Lo último en el dibujo animado, Buscando a Nemo, fue exhibido en la mañana del último domingo por nuestra televisión, y los mayores que junto a los niños quedaron atrapados frente a la pantalla pudieron darse cuenta que estaban asistiendo, definitivamente, a lo que pudiera considerarse una nueva era del género.

Este éxito del dibujo por ordenador logró romperle un viejo récord de taquilla a El rey león e hizo que los estudios Disney cerraran varias casas de producción que tenían que ver con el coloreado y otras técnicas tradicionales de la animación. Buscando a Nemo ha sido el puntillazo demostrativo de que las viejas técnicas poco tendrán que buscar en un presente de computadoras y lo hizo animando en el escenario más difícil de todos, el mar.

Si excelente fue la técnica utilizada para recrear los fondos marinos, no menos significativos resultaron el guión —tan simple como eficaz— y la dirección de Andrew Stanton a partir de la historia de un pez payaso sin sentido del humor, que pierde a su esposa y se convierte en un padre sobreprotector. El pequeño Nemo, que ya quiere salir a explorar mundos, se revela contra los temores que pretende transmitirle su padre y en su aventura resulta capturado por un submarinista, en una escena que por su sobrecogimiento no vacilo en calificar de antológica para el cine infantil.

Nemo irá a parar a la pecera de un dentista en Sydney y su padre, acompañado de una locuela amiga llamada Doris, emprenderá un largo viaje a través del océano en pos de su hijo. Aventuras, suspenso, un crescendo dramático al estilo del mejor "filme de adultos" se destacan en esta cinta que aunque concebida para niños está llena de guiños de complicidad hacia los mayores, en un doble lenguaje difícil de concretar, pero sin duda logrado.

Aunque Buscando a Nemo, ganador este año del Oscar, aparece bajo el signo Disney, se trata de un convenio realizado por esos estudios con la factoría Pixer, que ha sido la gran transformadora del género en los últimos tiempos a partir de que diera a conocer en 1995 Toy Story y después elevara la parada con Bichos y Monstruos, dos filmes fuera de liga tanto por lo novedoso de la realización computadorizada como por el vuelo intelectual de sus historias, muy alejadas de los tonos ñoños tan caros a Disney.

Tratando de resultar convincentes, los técnicos tuvieron que recurrir a nuevas formas para hacer de las imágenes submarinas algo perfecto. Largos estudios se realizaron entonces en el océano y todo ello se llevó a las imágenes con una fiel captación del entorno submarino y sus variantes de luminosidad y sombras, algo de lo que pueden atestiguar todos aquellos que alguna vez hayan ido a las profundidades.

Portadora de una trama sensible y aunque sencilla nada predecible en su desarrollo, Buscando a Nemo fue un lazo para los niños, y también los adultos que levantaron la pantalla este domingo, dispuestos a atisbar bajo las olas una historia de afectos que, aunque de peces, pudiera ser la de ellos mismos.

 

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