|
Curar es un placer
ANDRÉS D. ABREU
Imagino que para todos
los curadores ha de serlo, pero no siempre, como en muchas cosas de
la vida, se logra alcanzar ese placer que implica concebir una buena
exposición. Más engorroso y delicado resulta, incluso,
transmitirlo o incitar a los demás. Así que Grisel Antelo y
Beatriz Arioza, curadoras de la exposición Zona franca, de
la galería Servando (calle 23 y 10, Vedado), pueden darse con el
canto en el pecho, como se dice en buen cubano (aunque no creo sea
muy placentero), por haberlo conseguido con la muestra colectiva de
los artistas Aziyadé Ruiz, Gustavo Echeverría (Cuty), Aldo Soler y
Roberto Valentín.
La
colección, que se expone durante todo febrero, recompone un
conjunto de obras que no destacan por la novedad total de lo
aportado por sus creadores sino por la manera coherente con que se
han ensamblado desde el concepto de lo eróticamente visual presente
en cada autor y por el sentido museológico encontrado para
establecer la posición de cada cual dentro de la sala.
Aziyadé no ocupa el
centro del espacio por un sentido feminista o complaciente (única
mujer y la más joven integrante del cuarteto), sino porque su obra
responde, tanto formal como conceptualmente, a ese lugar. Su
instalación, ya comentada y agradecida durante la reciente Bienal,
exalta la sensualidad desde la propia relación marital, reforzando
el valor de la unión sexual como parte de la estabilidad del ser.
Cerca de sus parejas fundidas en resina se localiza la obra de Aldo
Soler, el más experimentado de los convocados a la Zona Franca,
con su personal tratamiento a la mujer desde una sensibilidad
respetuosa, incluso en las representaciones más explícitas de su
relación con el sexo.
Alrededor de la sala
aparecen entonces Gustavo Echeverría y Roberto Valentín. Ambos con
una pictografía más punzante e inquisitiva.
A la derecha está la
muy conocida obra del primero, perenne en el tema del Eros desde su
relación natural con lo fisiológico. El artista aportó a la
colección obras muy recientes donde aprovechó su presencia en la
galería para manejar en sus propias aguadas las tonalidades
características del discurso suprasensual de Servando Cabrera.
A la izquierda se
recorre a un Valentín también descubierto en La Habana durante la
Bienal y comentado en esta página por Virginia Alberdi. Su serie Tacones
rojos, desde el mayor de los formatos incluidos en la muestra,
es una provocación al acecho, a la mirada extraviada. Sus
personajes no solo se relacionan entre sí por sus particulares
historias grupales sino que buscan constantemente el cuerpo del otro
presente, ya sea en la obra de sus cercanos colegas o del espectador
que se introduce en la placentera convivencia de la Zona franca.
|