Contra el olvido

Más allá de la nostalgia

ANTONIO PANEQUE BRIZUELA

Invocar a la nostalgia que todos llevamos dentro es recurso que tiene las de ganar, algo usual en el arte rentado, pero para el bueno, para el que pone al espíritu y no a la carne en la balanza, el esquema de invocación requiere de ese algo más que no siempre conduce al cielo, aunque pueda rebasar las nubes. Contra el olvido nos recuerda adónde ir por ese camino y también quiénes hemos sido dentro y fuera de la pequeña pantalla.

Esa oferta televisiva de la noche del domingo (Tele Rebelde, 9:30 p.m.), como otras, tiene sentada entre el público a una variedad de críticos de diversa estirpe: inexorables, razonables, menos razonables, insaciables, o algunos que disienten de la selección "de ese día", por demasiado añeja, reiterativa o monótona. Pero de lo que no hay duda es de que ese espacio tiene frente a sí a un televidente cada vez más exigente y preparado.

Y quizás ese reto no siempre sea felizmente vencido por el programa, pero facturas como la del último domingo sobre Luis Carbonell acercan más ese espacio al gusto del público y ratifican su intención de traer a la actualidad a figuras, series y programas que dejaron una huella. Ese día, a nuestro juicio, el programa superó expectativas: mostró con legitimidad y exacta dimensión a un Luis Carbonell que no solo es grande sino único. Logró trasladarle al televidente a un artista cuyo discurso poético se torna en torrente dramático desde el rostro hasta la punta de los dedos.

Para esa entrega, los realizadores utilizaron materia prima "almacenada", como el documental de Ian Padrón más la presencia de Luis, siempre de cátedra, y lograron reconstruirlo todo en un producto final, integrador, que devino calidad-resumen.

Al paralelismo testimonial dentro del filme —ya de por sí espectacular— entre las declaraciones de Esther Borja y el propio Luis Carbonell, acerca de los orígenes del Acuarelista de la Poesía Antillana, se unió su discurso a partir de respuestas a las preguntas de Raquel, dentro del set, para integrar un lenguaje tridimensional que llevó al clímax a esa versión del programa.

Dominical cuya elaboración se muestra en el rostro visible de Raquel Mayedo y en el elíptico de la directora Elizabeth Griñán, el producto artístico final, tras la decantación de ambas singularidades, revela, en general, un trabajo colectivo estimable.

 

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