Ya se fue el mes de enero. Entonces
faltan unos diez meses para las elecciones presidenciales. Es
posible imaginar que todos los días el presidente Bush y su vice,
Cheney, le piden a Dios que hagan algo para que las gentes se
olviden de las armas de destrucción masiva. Ya está muy claro que
las armas no existieron nunca, que Saddam Hussein no era peligroso
ni amenazaba a los Estados Unidos y que todo el plan de la guerra
fue una farsa.
Si Bush y Cheney llegan a admitir que
no tenían razones para invadir Iraq, tendrían en buena lógica,
que sacar a Saddam de la cárcel. Pero eso no es posible. Bush y
Cheney no pueden llegar a admitir nunca que no había armas de
destrucción masiva. Y sin embargo, a pesar de los controles de la
información, a pesar de la discreción de los medios informativos,
la verdad se va abriendo paso. No había armas. No había razones
para atacar a Iraq.
El anterior jefe del team de
investigadores americanos, David Key, lo ha declarado de manera muy
clara. No había armas.
"Es importante reconocer el
fallo", dijo Mr. Kay en sus declaraciones ante el Senado.
Inclusive, sugirió que se debiera nombrar una comisión
investigadora para determinar el problema de las armas.
Pero Bush y Cheney, por supuesto, no
están de acuerdo. Y, sin embargo, las elecciones se aproximan. Iraq
es incontrolable. Siguen muriendo los soldados americanos. ¿Cómo
salir de Iraq y quedarse con el petróleo? ¿Cómo hacer que las
gentes se olviden del fracaso? ¿Cómo pacificar Iraq antes de la
elecciones? Ya es evidente que Iraq va a ser un tema importante de
la campaña electoral.
Lo que beneficia al Gobierno es que
la prensa, casi toda la prensa, tiende a ser muy benévola con el
Presidente y con su equipo de gobierno. Lo que ha ocurrido con Iraq
es un escándalo que no tiene precedentes y que justificaría una
seria investigación del Congreso. En otros tiempos, cuando la
libertad de expresión no estaba tan limitada como ahora, el
escándalo de Iraq ya se habría desbordado. Por mucho menos que eso
salió Nixon de la Casa Blanca.
Lo más grave para la Casa Blanca es
que pese a las tendencias de la prensa encaminadas a quitarle
importancia al desastre de Iraq, el escándalo sigue creciendo poco
a poco. La Casa Blanca se opone a una investigación e insiste en
que se siga buscando en Iraq hasta que aparezcan las armas. Pero las
armas no aparecen. Todo permite suponer que no existen. Es evidente
que George W. Bush es un hombre de mala suerte. Su presidencia ha
sido la más torcida y la más conflictiva que han padecido los
Estados Unidos.
Siempre estuvo implícita la idea de
que la releección presidencial estaba condicionada al desarrollo
positivo o negativo del primer periodo presidencial. Es decir, un
presidente tenía razones para aspirar a la reelección si su primer
empeño había sido positivo para el país. Hay que recordar el caso
de Lyndon Johnson, que fue un gran presidente en lo que se refiere a
su obra de carácter social. Sin embargo, comprendió a tiempo que
sus errores en lo que se refería a la guerra en Viet Nam, que
fueron muchos, le cerraban el paso para la reelección, e hizo lo
que el sentido común exigía: renunció a la postulación.
El caso de Bush es mucho peor. Su
gobierno quedará en la historia como el peor que ha sufrido los
Estados Unidos. Una parte considerable del país ni siquiera aceptó
su triunfo en las elecciones. Fue siempre cuestionado. Se esperaba,
inclusive, que Bush haría un gobierno discreto para borrar la mala
impresión del desastre electoral. Fue al revés. No solamente al
pueblo americano, sino que también al destino.