|
En voz de Cuba...
Jobabo
PASTOR BATISTA
VALDÉS
JOBABO.— El regocijo
que envuelve, y revuelve, a este legendario poblado del Sur tunero y
a todas sus comunidades y bateyes rurales, no es de un día ni de
una semana. No es el júbilo que provoca, y deja, una tribuna en la
que el municipio deviene país... Con sus satisfacciones,
insatisfacciones, conquistas, limitaciones y añoranzas, Jobabo
despliega su orgullo y alegría desde hace mucho tiempo.
Jobabo respira la tranquilidad de
un pueblo que confía en su futuro.
Sus habitantes lo
reafirmaron este 30 de diciembre al festejar en alegre
concentración los 45 años transcurridos desde que fuerzas rebeldes
tomaron el poblado, uno de los últimos liberados en el
archipiélago antes de que Fulgencio Batista emprendiera la fuga.
Hombres como Gerónimo
Fernández, gloria de las zafras del pueblo, y Domingo Urrutia,
Héroe del Trabajo de la República de Cuba gracias al tesón de su
brazo también en los cañaverales, me confiesan que prefieren no
cerrar los ojos para abrirse a los recuerdos.
Más oscura que la piel
de ambos (carne en el centenario cepo de la discriminación) era la
existencia, en todo Jobabo, con apenas dos médicos, tres enfermeras
y una Casa de Socorro.
A Ermidelio y Osmany
Urrutia, descendientes de Domingo, quienes les han dado gloria a sus
sueños y a los de Cuba en el deporte, les resulta difícil imaginar
a los más de 800 kilómetros cuadrados del municipio sin la red de
unos 70 consultorios, sin 127 médicos y más de 200 enfermeras, sin
clínica estomatológica, hogares para ancianos, para embarazadas y,
sobre todo, sin ese hospital clínico quirúrgico, donde, solo en
consulta de urgencia, fueron atendidos el pasado año unos 22 000
pacientes e intervenidos quirúrgicamente más de 2 500 y salvados
de la muerte cerca de 120, bajo el rigor y la ternura de los
cuidados intensivos.
Hoy Caridad Borges,
heroína como Urrutia, va a llegar hasta la Tribuna Abierta con el
decoro y la sencillez de los pobladores de Macagua, recóndita zona
donde antes de 1959 la educación estaba "en veda" todo el año,
mientras ahora los niños dejan boquiabiertos a los abuelos (por sus
conocimientos), y estos últimos dejarían no menos perplejo al
mundo, asidos a alternativas de estudio y de superación cultural
que el país abre, incluso, para los más longevos.
De hecho, el municipio
tiene suficientes centros y sedes en todas las enseñanzas, incluida
la universitaria.
Por eso a Jobabo, no lo
sacudió el nefasto impacto que en otro país, y bajo un proyecto
social distinto al de Cuba, hubiera provocado el cierre de un
central como el Perú, luego de 90 años haciendo azúcar, sembrando
tradiciones, generando empleo, cerniendo olor a melaza y sano
orgullo sobre los techos del batey...
En Sirvén, asentamiento
rural próximo a la cabecera municipal, una entrañable amiga
llamada Lilian me lo decía: "Si el Comandante viniera hoy a Jobabo,
como lo hizo en marzo de 1996, cuando el Perú cumplió su plan de
azúcar, apreciaría la misma alegría en el pueblo. El central
cesó, pero sus trabajadores no; todos tienen asegurado empleo,
muchos de ellos estudian, muchas áreas cañeras pasan a producir
viandas, leche y otros alimentos. La gente ve eso y tiene confianza
en el futuro..."
Otros motivos alientan:
el Comercio y la Gastronomía se empeñan en acercarse cada vez más
a lo que la población necesita; Comunales, Cultura y las Industrias
Locales están en la cima provincial; la televisión, el video, la
computación y otros avances tecnológicos afianzan sus raíces en
la amplia geografía jobabense y, sobre todo, en la mentalidad de
los habitantes.
Y si aún no fuera
suficiente, entonces busquemos —y hallaremos también— entre las
razones para el sano regocijo de los jobabenses el apego a una
historia que mantiene vivos a Máximo Gómez en la decisiva batalla
de Palo Seco (allí), a Antonio Maceo en los combates de Guaramanao
y El Lavao, así como a Camilo y al Che, atravesando indetenibles el
territorio, camino hacia occidente... hacia el presente luminoso que
vivimos. |