El Spirit busca vida en Marte

Y en la tierra, ¿qué?

ÁNGEL RODRÍGUEZ ÁLVAREZ
Servicio Especial de la AIN

Una de las noticias más difundidas a nivel mundial en los últimos días ha sido la colocación del robot norteamericano Spirit, en la superficie del planeta Marte.

Entre los objetivos principales de la incursión espacial se encuentra la búsqueda de evidencias o elementos que permitan arribar a conclusiones sobre la existencia allí de vida.

Este innegable éxito científico marca un nuevo momento en la carrera del hombre por conocer y llegar a dominar el espacio extraterrestre, del que se pueden derivar conocimientos de aplicación diversa.

El acontecimiento, no obstante su importancia, ha provocado no pocas especulaciones cargadas de ironía entre quienes, con rigurosa lógica, expresan el criterio de que más valdría preocuparse menos por los marcianos y dedicar los costosos recursos empleados en el experimento, a la solución de los problemas humanos acá.

Y no dejan de tener razón, pues esta investigación tiene lugar en momentos en que la existencia de los terrícolas se encuentra seriamente amenazada por numerosos peligros, paradójicamente provocados por el propio hombre.

Es precisamente el padrino de tal hazaña científica quien solo entre 1946, fin de la II Guerra Mundial y 1975, utilizó sus fuerzas armadas en 215 oportunidades para conseguir objetivos políticos en otros territorios.

Se trata del país que en el siglo pasado envió a 35 millones de efectivos militares a 15 conflictos bélicos en el exterior, e invirtió en ello unos cinco trillones de dólares.

Estados Unidos es el mayor productor y exportador universal de medios cuya finalidad exclusiva apunta a provocar la muerte.

En solo 30 años —entre 1950 y 1980— esa nación distribuyó por el orbe 26 mil 800 aviones y helicópteros de combate; 32 mil 300 tanques y 50 mil vehículos blindados; 31 mil buques; 29 mil 700 piezas de artillería de campaña y antitanque y 240 mil cohetes de diverso tipo. Solo en la década de los 70, suministró a 126 países armamento y material de guerra por 123 mil 500 millones de dólares.

Con los gastos militares de las grandes potencias, encabezadas por EE.UU., en los últimos 20 años se hubiera podido construir 810 mil escuelas, para 540 millones de alumnos; ó 53 millones de viviendas, para 300 millones de personas; ó 45 mil hospitales, con 27 millones de camas; ó 32 mil fábricas, con empleo para 32 millones de trabajadores.

Cualquiera con sentido común comprende cuánto más feliz podía ser la vida en el planeta tierra si tal cosa ocurriera.

Hasta aquí el análisis se refiere a la probable solución de los graves problemas sociales acumulados. Si la referencia alcanza al tema medioambiental, sería igualmente dramático, pues los daños en esta materia son colosales.

Aumenta a ritmo alarmante la contaminación de ríos y océanos, crecen los desiertos y la salinidad de la tierra, disminuyen los bosques, cada 24 horas son lanzadas miles de toneladas de residuos químicos a la atmósfera, se agotan las fuentes de energía no renovable y es mayor el llamado agujero de la capa de ozono, insustituible termorregulador del planeta.

Como resultado de esa autoagresión, se calientan los polos, aumenta la infertilidad de las tierras agrícolas, desaparecen las especies y el aire se hace irrespirable.

Los indicadores de salud muestran cifras crecientes de nuevas enfermedades que, unidas a la miseria, permiten prever la desaparición en pocos años de naciones enteras.

El Spirit marciano procede del mismo sitio de donde emanan los mayores volúmenes de materia contaminante y que, contradictoriamente, menos recursos aporta para cumplir los acuerdos adoptados por la comunidad internacional, en un esfuerzo por paliar los efectos ya señalados. El pretendido fondo de 0,07 por ciento del PIB, que debe ser destinado a tales programas, apenas recibe universalmente un 0,02, desde su implantación.

Los poderosos conocen estos problemas y también la solución, pero evidentemente la voluntad política sobrante para investigar la vida de los marcianos, falta para mejorar la de los terrícolas.

 

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