|
¿Qué no ha hecho Pachito?
PEDRO DE LA HOZ
El
pasado domingo, en un programa especial de Cubavisión, Alberto Pujols
le preguntó a Pachito Alonso qué le faltaba por hacer en relación
con el legado de su padre. El todavía joven músico respondió: "Hubiera
querido ser cantante, pero no puedo, pero sí he logrado comunicarme
con el público".
Cada quien responde como
quiere. De haber estado en su lugar, daría otra respuesta, la cual,
después de todo, dio a lo largo de un concierto de múltiples
facetas, aunque demasiado breve. Tengo la ventaja de contar con la
primicia del disco que ha ido fraguando en los últimos meses y el
privilegio de seguir una trayectoria de la que lancé una sorprendente
noticia inicial aquella vez, a finales de los setenta, cuando la UNEAC
convocó por única vez a un concurso de agrupaciones instrumentales
de música popular y, compartiendo lauros con una de las mejores
agrupaciones cubanas de la segunda mitad del siglo XX, y también
inédita entonces, Afrocuba en tiempos de Nicolás Reynoso, allí
estaba Pachito.
Uno de los discos de Pachito
con pegada internacional.
Hito a hito, desde el
esplendor hasta el silencio, Pachito ha ido tejiendo lo que a mí me
parece, más allá de la canción, más allá del pilón, el mejor
legado de su padre: una actitud de compromiso hacia la autenticidad
musical. Esa es la respuesta que como observador me corresponde dar y
ahora explicaré por qué.
Con los Kini Kini, Pachito
ha dado continuidad a la tradición de la gran banda —más por su
sonoridad que por sus dimensiones— como formato para sustentar la
ejecución de la música popular de baile en su entorno más amplio y
abarcador. Detrás suyo se nota la experiencia asimilada de las
orquestas de Mariano Mercerón, la Riverside y, desde luego, la de
Benny Moré. Esto es importante si se tiene en cuenta que los
desarrollos instrumentales contemporáneos más notables y favorecidos
por la difusión han sido los que partieron de la charanga (Los Van
Van), el conjunto (Adalberto, Isaac) y el tipo de formación
jazzística que el genio de Chucho Valdés transformó en genuino
asunto cubano (tras Irakere, NG la Banda y en esa forma de arreglar
metales y base rítmica han caminado desde la Charanga Habanera a
todas las agrupaciones "timberas"). Solo (y distinto) a lo que encarna
Pachito, podría hablarse del trabuco de Manolito Simonet.
Más importante aún es
que Pachito lo ha hecho sin rendirle culto a la nostalgia. No critico
a quienes se apunten al revival —menos cuando se hace bien,
como la yunta Augusto-Patterson con el mambo—, pero dar pasos
adelante, asumiendo dignamente la carga del pasado, no es poca cosa.
Oído hizo fe en el
programa del domingo: Los Kini Kini se pasean en el merengue con la
misma pasión que en el son más actual, colindante con la salsa
fuerte, y en el medio, el bolero clásico, la capacidad para unirse a
una línea de cuerdas, el redivivo pilón, el guaracheo legítimo, la
voz de José Luis Arango, curada por el tiempo, las resonancias
corales, el ritmo desatado... música para mover los pies y hacer
retozar el alma.
Pachito no es Pacho, pero
en su búsqueda y el arropamiento familiar (ahí están sus hijos) se
le parece. Lo que no ha hecho o le ha faltado, tendremos que
completarlo nosotros atendiendo a sus mensajes.
|