En memoria de Oscar Pino Santos, sepultado ayer

El autor de 45 palabras que cambiaron la Historia

ANTONIO PANEQUE BRIZUELA

Foto: JORGE LUIS GONZÁLEZOscar Pino Santos falleció el sábado último en La Habana a los 76 años de edad a causa de una afección cardiaca.

Ex Subdirector de nuestro diario y colaborador permanente, los que tuvimos la oportunidad de constatar ese espíritu de cátedra consumada y nutricia, sabemos que se mantuvo siempre instruyéndose de aquella gigantesca biblioteca que virtualmente lo cercaba en su tranquila casa de la Víbora.

Premio Nacional de Ciencias Sociales 2001 por sus frecuentes y vibrantes obras que superaron la veintena, durante el fallo del jurado que lo laureó en aquella ocasión se hacía constar "la notable contribución de Pino Santos a la historiografía cubana, la sistematicidad de su labor a lo largo de su vida intelectual, así como su vertical trayectoria revolucionaria, todo lo cual constituye un ejemplo para las nuevas generaciones de historiadores cubanos".

Obras como Los años 50 —ilustrada con fotos de la época tomadas por Raúl Corrales— reseñada por su colega Marta Rojas en septiembre del 2001, ocuparon espacios recurrentes en Granma.

A lo largo de su obra, Pino Santos realizó un retrato fiel y dramático sobre los desmanes de la corrupción y, como creador, fue un intelectual comprometido con la Revolución a partir de la defensa de la justicia social y el cambio de las estructuras económicas que Fidel planteó en La Historia me Absolverá.

"De todo lo que he escrito —declaró a este redactor durante su última entrevista exclusiva concedida a Granma, en febrero del 2002— lo más importante para mí son las 45 palabras del artículo número 1 de la Ley de Reforma Agraria: `Se prohíbe el latifundio. El máximo de tierra que podrá poseer una persona natural o jurídica será de treinta caballerías. Las tierras propiedad de una persona natural o jurídica que excedan ese límite serán expropiadas para su distribución entre los campesinos y obreros del país'".

Fue aquel documento histórico el que le concedió a Oscar Pino Santos un protagonismo en la trama política insular. Su presencia como ponente sobre el primer gran texto nacionalizador del principal medio cubano de producción (proyecto de documento discutido en un pequeño colectivo escogido y presidido por el Comandante en Jefe Fidel Castro, quien lo firmó el 17 de mayo de 1959) sería la culminación de toda una obra periodística dedicada a denunciar en publicaciones como Hoy, Carteles y Bohemia, directa o indirectamente, las diferencias de clases y las úlceras humanas de la Cuba pseudorrepublicana.

Nacido en Banes el 4 de abril de 1928, graduado de Periodismo, estudioso pertinaz de la economía real, y autodidacto de las Ciencias Sociales, esa procedencia fue también fuente de gran parte de su obra (y de sus actos) de compromiso con los pobres y de disección "quirúrgica" de los males del sistema capitalista en Cuba.

Autor de obras como Complot —texto documental con recursos de la llamada novela-de-no ficción sobre los intentos de asesinar a Fidel Castro— y Los tiempos de Fidel, el Che y Mao (ambos publicados por la editorial mexicana Nuestro Tiempo), aprendió a dominar un género literario que, al parecer, era el que mejor le quedaba: "En cualquier disciplina a la que te dediques —le había dicho un día Juan Marinello— recuerda siempre esto: tu porvenir está en el ensayo".

Primer embajador cubano en la República Popular China después del triunfo revolucionario en la Isla, alto dirigente del entonces Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), son hitos de su currículo político.Durante aquel inolvidable encuentro periodístico en su casa, Pino Santos también me habló sobre una curiosa e instructiva frase de su amigo John K. Galbraith, escritor y ex asesor de John F. Kennedy: "La página definitiva se encuentra después del séptimo borrador".

 

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