El costado humano de Ernesto García Peña

VIRGINIA ALBERDI

Para estar a tono con los tiempos, puedo decir que la muestra inaugurada este enero en la Galería Pequeño Espacio, nos sitúa en un mundo élfico, porque la creación de Ernesto García Peña, armónica y refinada, logra la visión, como en el libro de J. R. Tolkien, de esos sueños hermosos, que ansiamos repetir o recordar.

Compás, acrílico sobre tela (2003), de García Peña.

Esas obras, las más recientes del incansable creador, de dibujo impecable, que unido a su hábil manejo del color, presente en las densidades cromáticas en maridaje con sutiles transparencias para lograr un efecto de cómplice iluminación sobre la tela, mantienen la unidad identitaria del artista y complementan sus anteriores creaciones.

En este conjunto de doce telas de diferentes dimensiones el pintor ha apresado aspectos fundamentales de su producción que enriquece con algún que otro elemento novedoso, índice del desarrollo en su creación pictórica.

Un lirismo sutil, poblado de claves que llevan de una tierna contemplación a un erotismo desbordante, todo en perfecta concordancia, apacible y voluptuoso, ofrece una señal de la entrega.

El pintor matancero, que desde la década de los setenta ha presentado numerosas exposiciones dentro y fuera del país, y situado obras en importantes instituciones del mundo, reafirma aquí los códigos expresivos que lo definen.

No solo por el ejercicio contumaz de una práctica visual única que hace decir al espectador "este es un García Peña", ha logrado reconocimiento, admiración y respeto hacia su obra. Ni tampoco por la constancia en el trabajo. Quienes buscan en la pintura y los dibujos de García Peña un terreno propicio para solazar sus sentidos, valoran, más que todo, la impronta humanista que se desprende de sus composiciones, la sensibilidad cultivada en función de un esperanzador canto de paz y vida, tan necesario en los tiempos que corren.

 

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