Secretos de violines

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT

Historias de violines aparecidas recientemente en la televisión, entre ellas el serial Stradivarius, han venido a coincidir con una revelación científica acerca de unos instrumentos que trescientos años después de construidos no han podido ser igualados en su resonancia ni por las computadoras más modernas.

Solo un contemporáneo del gran Antonio Stradivari, Giuseppe Antonio Guarneri, fue capaz de igualarse a su cofrade y hoy día los instrumentos de ambos siguen siendo algo así como estrellas inalcanzables. Tanto Stradivari como Guarneri habían sido discípulos del maestro Nicoló Amati, quien hizo de la ciudad de Cremona un emporio de excelentes luthiers. Pero pronto sus dos alumnos más aventajados se le fueron adelante tras realizar cambios en las proporciones de los instrumentos de cuerdas por ellos fabricados, en especial el violín.

La excelencia, sin embargo, no estuvo precisamente en el tamaño, sino en la extraordinaria cualidad tonal de los violines y violas. Aunque Stradivari se mantuvo trabajando hasta los noventa años de edad en compañía de hijos y parientes, lo cierto es que, una vez muerto, la magia de sus instrumentos se fue esfumando. Una pérdida tras la cual se abría para generaciones enteras de especialistas e historiadores un expediente de conjeturas.

Análisis de todo tipo, rayos X y ultravioletas y hasta la microscopía electrónica se pusieron en función de determinar si la acústica irrepetible de aquellos violines se debía a una habilidad artesanal propia de ángeles terrenales, o si también había que encaminar las pesquisas hacia un misterioso ingrediente. Tres siglos de especulaciones que hablan de la utilización de un barniz especial, el secado de la madera, el empleo de árboles muy antiguos como materia prima y hasta del tratamiento de los instrumentos con agua de mar para evitar la carcoma.

Tres siglos de lupas infatigables en busca de una verdad. Y de pronto una revelación científica que hace empinar el mentón y aguzar los oídos: se dio a conocer en la revista Dendrochronología por dos prestigiosos científicos que afirman que si bien Stradivari, Guarneri y otros pocos artesanos cremonenses fueron portadores de una habilidad técnica, todos ellos se beneficiaron de un periodo de frío intenso que duró setenta años y que influyó de manera decisiva en los árboles utilizados para construir los instrumentos. Una pequeña Edad de Hielo durante la cual los inviernos fueron más largos y los veranos más fríos. Esto provocó que el crecimiento de los árboles resultara más lento. Lo que junto a la altitud y características del suelo de Cremona hizo que los luthiers dispusieran de madera de abeto con una densidad superior a lo habitual. De ahí —sugieren los estudios— la resonancia sin par de los instrumentos.

Las investigaciones de los especialistas Burckle y Grissino-Mayer, aparecidas en la revista citada, estudia la corteza de los árboles y va desde el año 1500 hasta nuestros días. Ella se extendió por dieciséis bosques de abetos y pinos en cinco países europeos e incluyó el famoso "bosque de los violines", de Paneveggio, en Italia.

Sólidas investigaciones, pero al parecer no lo suficientemente fuertes para derrumbar de golpe y porrazo una leyenda: Colin Gogh, experto en física acústica de la Universidad de Birmingham —según da a conocer un cable— afirma que la hipótesis es interesante, "pero nadie ha podido demostrar que la madera más densa confiere mayor resonancia". Más suspicaz aún, Helen Hayes, presidenta de la Sociedad Americana del Violín, ha añadido: "La observación es válida, pero no ofrece una explicación completa".

Trescientos años de conjeturas que se conmueven, no hay duda, aunque sin impedir que las cuerdas de aquellos violines magistrales sigan dejando en el aire el trazo de una intimidad quizá solo perturbada.

 

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