Aventura de iniciación

AMADO DEL PINO

La salita del Museo de Arte Colonial, en el corazón de La Habana Vieja, es uno de esos espacios que colabora con la intimidad y hasta la complicidad tan caras al hecho teatral. En ese sitio se ha ido haciendo fuerte un grupo de jóvenes, encabezado por Alexander Paján, actor y director de ascendente trayectoria. Con Galápago, de Salvador Lemis, Paján y su Origami Teatro buscan más, prueban fuerzas, se lanzan a la aventura de pensar en grande.

Como recuerda Abel González Melo en las notas al programa, la obra de Lemis es de una raigal teatralidad, pero un tanto ingenua en cuanto al planteamiento de su mensaje ecológico. El autor escribió este texto en sus años de estudiante en el Instituto Superior de Arte y su gracia poética ha propiciado que sea asumida una y otra vez en nuestro repertorio teatral. Después Lemis ha escrito importantes títulos como su trémula Mascarada Casal.

El afán de crecimiento, la búsqueda de un espectáculo que incluya pero desborde el reclamo de conservar la naturaleza, son a la vez una virtud y un peligro para el montaje. Por momentos sentí que las soluciones espaciales le quedaban grandes a la encantadora sala del Museo y hasta que el juego escénico se tornaba demasiado subrayado y amplificado. Crecer es posible también desde la sobriedad.

Por lo demás, estamos ante una puesta en escena eficaz y hermosa. Se produce una magnífica integración entre la escenografía y el vestuario, ambos ejemplares en cuanto al equilibrio entre lo decorativo y lo conceptual. Las luces de la consagrada Saskia Cruz ratifican, al igual que la inteligente banda sonora, el ritmo creciente del viaje de Gali en busca de certezas y respuestas.

El joven elenco derrocha energía y entrenamiento, pero arriba a diversos resultados en cuanto a la interpretación. La labor protagónica de Yamil Cuéllar se basa en la sinceridad y la ligereza; Lissa Rodríguez deberá matizar más la proyección de su voz, hacerla tan agradable y coherente como su gestualidad. Algo similar ocurre con Delvys Fernández. En este caso se hacen evidentes las huellas de la mencionada propensión a la amplificación excesiva. Mientras tanto, Iyaima Martínez saca partido a sus singulares cualidades físicas y de su natural encanto, aunque deberá bordar con más detenimiento los matices de sus personajes.

Galápago insiste en recordarnos el valor del rocío, de un rayo de sol, de la imperiosa necesidad de cuidar el mundo en que vivimos. Paján y su pequeña tropa representan otra bocanada de aire fresco para nuestro movimiento teatral.

 

| Portada  | Nacionales | Internacionales | Deportes | Cultura |
| Cartas | Comentarios | Ciencia y Tecnología | Lapizcopio| Temas |

SubirSubir