La dignidad vuelve a su nido

Inicio de un retorno que al cabo de 15 años sigue siendo referencia para quienes aman la paz y la justicia en este mundo

Texto y foto: Pastor Batista Valdés

Nunca los habitantes de un país despidieron con tanta emoción —y digo aún más: con lágrimas— a las tropas de otra nación.

Luanda se lanzó a sus calles para despedir al primer grupo de cubanos que retornaban victoriosos.

Así lo pensé en Luanda aquella mañana del 10 de enero de 1989. Calles, avenidas y plazas parecían un hervidero de niños, mujeres y hombres. Unos agitaban banderas, otros gritaban vivas a Cuba y a Fidel, no pocos coreaban consignas a la manera de "A luta continúa, a vitoria e certa".

Era evidente que se había convocado al pueblo. Pero la espontaneidad remontó límites nunca vistos. Ocurrió como si todo el mundo quisiera tributarle su afecto a aquel primer grupo de combatientes cubanos.

Acuerdos suscritos entre los gobiernos de Cuba y la República Popular de Angola, establecían el gradual retorno de las tropas que durante 13 años, y a solicitud de aquella nación, permanecieron allí defendiendo la soberanía de ese pueblo frente a la agresión sudafricana apoyada por la contrarrevolución interna, con el beneplácito espiritual y material de los Estados Unidos.

En gesto de buena voluntad Cuba adelantaba el regreso de 3 000 combatientes internacionalistas, antes de la fecha fijada de conformidad con las Naciones Unidas.

A las 12 horas y 25 minutos del mediodía (6:25 a.m. en La Habana), el tren de aterrizaje del primer avión empezó a separarse de la pista. La nave ganaba altura. A bordo no solo viajaban 450 hombres y mujeres. De algún modo iban casi tres lustros de desinteresada y solidaria ayuda.

Ni en Luanda aquel 10 de enero ni en Huila nueve meses después ni en otras ciudades y aldeas angolanas, nadie le pagó una kwanza (un peso) a las decenas de personas que vi llorar, a cambio de que lo hicieran. Nadie siquiera se los pidió. ¿Por qué lo hacían entonces?

Al cabo de tres lustros, la respuesta se me presenta cada vez más clara: desde que llegó a la República Popular de Angola el primer cubano (y lo hicieron más de 300 000) Angola comenzó a percibir sentimientos y gestos que rebasaban con creces los compromisos de la presencia meramente militar en el terreno de la defensa.

Dicho de otro modo: Cuba no solo contribuyó a rechazar las embestidas bélicas del enemigo externo, a que la ONU aprobara la independencia de Namibia o a que se derrumbase el apartheid en Sudáfrica... Trece años de ayuda calaron en las más sensibles fibras del pueblo angolano.

Hablo de lo que sintieron miles de madres aldeanas cuando aquel médico cubano, enviado para la atención a las tropas, les salvaba al pequeño hijo. Pienso en el indescriptible rostro de niños como los de Nankova, cerca de Cuito Cuanavale, al recibir por vez primera en sus vidas aquellos juguetes, hechos por los cubanos en noches de ternura y con materiales de desecho. Recuerdo a los soldados angolanos que aprendieron a leer y a escribir, gracias al voluntario esmero de combatientes cubanos que, además de hermanos, devinieron maestros. Tengo en mente el alimento compartido por nuestros soldados con los niños hambrientos...

Quienes tuvimos el privilegio de presenciar el inicio y la continuidad de aquel histórico regreso, sabemos que en la aflicción de miles de personas, se mezclaban agradecimiento y dolor. Desde el verano de 1988 un joven nativo me lo había demostrado en el flanco sudoccidental.

Yo no sé que va a ser de mí el día que mis hermanos cubanos vuelvan a su país, me dijo. Y lo vi soportar como todo un hombre para no llorar. Luego me contó su triste historia: once años antes nuestras tropas lo habían encontrado a la deriva en la zona de Ondjiva. Penaba solo en el mundo. Su familia había muerto. Apenas tenía cinco años de edad. No sabía ni cómo se llamaba él mismo. Nuestros combatientes no solo le dieron un nombre (Alberto Manuel Gómez): lo colmaron, además, de afecto, de ternura, de protección, de conocimientos y habilidades para la vida.

Quizás no todos los que acudieron a despedir al primer grupo de cubanos aquel 10 de enero, y en las jornadas y meses siguientes, podían expresarlo en esos términos. Pero muchos lo sentían dentro.

Es una razón más para sentir orgullo por quienes jamás fueron a Angola en busca de glorias personales.

 

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