En los intrincados sitios de La Punta, Playa Blanca
y Río Seco, en el municipio guantanamero de Maisí, la gente
necesita mantener viva aún la montuna costumbre de andar con la
vara a cuestas para llevar desde distantes pozos el agua hasta sus
hogares, o cargarla a cubo limpio cuando llega la pipa con el
preciado líquido.
No es de extrañar, pues, que por estos días se
haya convertido en agradable acontecimiento allí el inicio de la
construcción de sendos acueductos.
Se
trata de hacer menos complicado el asunto para los alrededor de
cinco mil montunos de esa zona, ubicada al Sureste del bien llamado
semidesierto cubano, como ya se han beneficiado antes otros miles en
el extremo oriental de la Isla.
En todos los casos, se concibe trasladar el agua por
gravedad desde las respectivas fuentes de abasto hasta las áreas de
consumo, aspecto que además de humanizar el servicio, lo hace más
barato si se tiene en cuenta el gasto de combustible de los carros
cisterna, pues para suministrar el líquido actualmente a esas
comunidades de difícil acceso, recorren unos 10 kilómetros
diariamente.
En Guantánamo, cuya geografía está compuesta en
más del 75% por montañas y por tanto su población es
mayoritariamente serrana, en la última década se avanzó en la
construcción de este tipo de obras (cuenta con 256), construidas
fundamentalmente gracias al esfuerzo inversionista del Estado cubano
y el apoyo financiero del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia
(UNICEF).
Es de gran impacto social que hoy más de un millón
300 mil cubanos residentes en comunidades montañosas reciban el
agua en sus propios hogares, con la construcción de 2 454
acueductos rurales, en los últimos ocho años.
El grueso de esas instalaciones se encuentra en las
cinco provincias orientales, específicamente en poblados de 300
habitantes o más.
Según un reciente informe del Instituto Cubano de
Recursos Hidráulicos, en la medida en que las condiciones
económicas del país lo han permitido, aparejado a las cuantiosas
inversiones para mejorar las redes de abasto e incrementar con ello
los horarios de servicio a la población en varias ciudades, se ha
extendido a las comunidades rurales la potabilización del preciado
líquido.
Es el empeño por dar continuidad a un programa
nacional que ya favorece el acceso al agua potable a más del 95% de
la población cubana. Y nada tiene que ver esa realidad, con la que
ofrecen las cifras que se encuentran en Internet sobre esa
situación en el mundo: unos 1 300 millones de personas en el
orbe (casi la quinta parte de los terrícolas) carecen del líquido
tratado, y es particularmente difícil el panorama en Latinoamérica
y el Caribe, donde casi la mitad de los pobladores carece de agua
potable. Y ni hablar de los tres millones de africanos que mueren
anualmente por enfermedades de transmisión hídrica.
Por eso no puede obviarse que un país como el
nuestro, económicamente bloqueado, pueda decir que más de ocho
millones de sus habitantes cuentan con abastecimiento de agua
potable por redes de acueductos, lo mismo allá en Maisí, que en el
mismo corazón de La Habana.