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El despertar de la perla
RAMÓN BARRERAS
FERRÁN
Cienfuegos era una perla
dormida. La ciudad —eso sí— siempre fue bella. Su ubicación
justo al lado de una buena parte de la bahía le ha dado una
tipicidad singular. Pero en sus alrededores solo habían unos pocos
talleres y factorías. Los comercios dominaban la imagen de su
economía. Eran escasos los empleos en industrias, servicios,
construcciones.
La Terminal de azúcar a granel una de las primeras y más importantes versiones del periodo.
"Yo
fui uno de los que tenía todos los días que esperar en la entrada
del puerto a que faltara alguien para ponerme a cargar unos sacos de
azúcar enormes, a espalda limpia, y ganarme unos centavos",
recuerda Inocente, un negro grande y aún fuerte a sus 70 años,
quien se jubiló hace poco después de trabajar como tornero en una
importante fábrica cienfueguera.
Enero del 59 dio la
clarinada para despertar del letargo. Las características
geográficas de la región le daban condiciones excepcionales para
la construcción de grandes e importantes fábricas. Y así fue.
Desde el primer momento se definió estratégicamente que Cienfuegos
podía convertirse en uno de los territorios más desarrollados del
país.
La presencia del
Comandante Ernesto Guevara cuando ocupaba la responsabilidad de
Ministro de Industrias, con el fin de materializar ese propósito
tan revolucionario y transformador, aún se recuerda en lo que fue
la Fábrica de Motores Diesel, hoy convertida por los lógicos
avatares del tiempo en una planta dedicada a la oleohidráulica, en
la que se fabrican cilindros y mangueras, fundamentalmente.
Él y Jesús Suárez
Gayol fueron los principales inspiradores de la instalación y
puesta en funcionamiento de la Terminal de Embarque de Azúcar a
Granel Tricontinental, una de las primeras plantas que apareció en
el litoral de la bahía sureña. Cuando comenzó a operar llegó el
final de las largas jornadas de Inocente y de muchos otros
estibadores en el puerto, pero ninguno quedó en la calle. El propio
desarrollo industrial y la apertura de nuevos centros de producción
y servicios, abrió muchas fuentes de empleo en los más diversos
sectores.
Inocente, por ejemplo,
se hizo tornero en un curso intensivo, trabajo que realizó hasta
que la edad y un problema visual lo precisaron a jubilarse.
Un solo dato ilustra la
enorme obra de la Revolución en este pedazo de tierra cubana: desde
el triunfo de enero se han terminado obras económicas y sociales
por más de 3 000 millones de pesos.
Junto con las plantas
mencionadas aparecieron en el entorno periférico de la ciudad y en
otros puntos de la provincia, un central azucarero, la Refinería de
Petróleo Camilo Cienfuegos y las fábricas de Elementos para Riego
(hoy Plastimec), de cemento, levadura forrajera torula, papel,
piensos, glucosa, sacos de polietileno, quesos y helados, refrescos,
alcohol fino de caña y de muchos otros renglones.
La llegada del periodo
especial se hizo sentir sobremanera en las industrias y las
construcciones. Algunas plantas detuvieron sus maquinarias y otras
redujeron sensiblemente los niveles de producción. Se inició poco
después un paulatino, pero alentador e inteligente proceso de
recuperación económica.
Hoy la mayoría de las
fábricas funciona de manera estable, con cambios notables en las
características de sus producciones y una diversificación más a
tono con las necesidades del nuevo mercado. De manera gradual la
fuerza laboral, que nunca estuvo desamparada a pesar de la crisis
económica, se ha reincorporado y enfrentado a un exigente proceso
de capacitación.
Con la Revolución, la
Perla lleva 45 años despierta y activa en lo que al desarrollo
industrial se refiere. Y los programas no se detienen, pues son
permanentes las inversiones para mejorar la calidad, elevar la
producción y lograr más eficiencia, principios que deben
caracterizar la gestión empresarial socialista.
Por eso, el viejo
Inocente no puede despegarse totalmente de su fábrica, a la que
visita cada vez que puede, aunque ya no encuentra su viejo torno;
ahora en el mismo sitio hay uno muy nuevo, con mando electrónico.
"Yo
te lo aseguro, mi hijo, que esta Revolución es muy grande y llegó
para que los pobres fuéramos vistos con respeto y consideración.
¿Quién me iba a decir a mí, cuando cargaba sacos en el puerto,
que alguna vez trabajaría en una fábrica moderna y mis dos hijos
se harían ingenieros sin que yo tuviera que pagar ni un peso?" me
dice mientras aprieta en sus manos la cajita plástica que guarda en
su interior una condecoración que le otorgaron por sus muchos años
de labor destacada. |