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Charangas de Bejucal
Pasa la fiesta, el arte
queda
OMAR FELIPE MAURI*
Las Charangas de Bejucal
del 2003, cuyos festejos se extendieron esta vez hasta principios del
nuevo año, ratificaron que esas celebraciones se confirman como una
necesidad de la cultura nacional, y demostraron su capacidad de
superarse a sí mismas, de perfeccionarse y, en definitiva, de
evolucionar con los nuevos tiempos.
Foto de las fiestas del 2002 tomada por el periódico el Habanero.
Celebradas
tradicionalmente durante el mes de diciembre en este municipio
habanero, el premio de Cultura Comunitaria otorgado recientemente por
el Ministerio de Cultura a estas fiestas refrendó el interés
nacional que poseen, la magnitud —a veces ignorada por nosotros
mismos— de su originalidad, permanencia generacional, fusión de
manifestaciones artísticas y recuento indispensable de historia e
identidad cubanas.
Festejos que se enriquecen
cada año pese a las consabidas limitaciones económicas, el hecho de
que devienen testimonio viviente de la formación de nuestra
nacionalidad y crónica del devenir cultural de la Patria, han ido
mereciendo cada vez un apoyo más efectivo del Gobierno y del Partido
en la provincia y el municipio.
Un momento muy singular de
las Charangas es siempre el estreno de las carrozas de ambos grupos
festivos: Huellas (de y en la música cubana) fue el tema
referido por el bando rojo Espina de Oro (diseñado por
Ibrahím Cabrera), mientras Grandes fiestas, fue el del bando
azul Ceiba de Plata (de Roberto Macareño).
La primera carroza,
cargada de imaginación e ímpetu creativo, recreó escenas y
elementos de la música cubana (El bodeguero, la campiña guajira de
Celina González, el Prado del cha-cha-chá o el Bejucal de congas y
La Macorina, este último personaje devenido estupendo maniquí
animado).
Obviando alguna
repetición o mensaje más o menos forzado (que tanto abundan en la
historia de las charangas bejucaleñas y que acreditan la ingenuidad
popular y el carácter real-maravilloso del arte en estos festejos),
la carroza es muestra de esfuerzo y renovación en la expresión de
los motivos nacionales. Sin duda, se trata de una de las mejores
"piezas" —como se denominan aquí a las carrozas— de los
artesanos espinistas en la última década (especialmente por la
iluminación).
Grandes fiestas,
por parte de Ceiba de Plata, es un recuento de antiguas y
modernas celebraciones: en Egipto la crecida del Nilo, las bacanales y
dionisíacas en Grecia y Roma, la Primavera en China, hasta la Navidad
occidental heredera de muchas sagas del paganismo (como estableció el
filósofo Levi-Strauss) y otros mitos reafirmados por la moderna
sociedad de consumo (Papá Noé) o también las leyendas arias de las
noches de Walpurgis (montaña alemana de brujas y fantasmas).
Estas representaciones
pasaron por los carnavales de Brasil para concluir con las tres
fiestas más añejas de Cuba: las Parrandas de Remedios, los
Carnavales de Santiago de Cuba y las propias Charangas de Bejucal.
Equilibrio de diseño, uso preciso de cada efecto y universalidad son
signos permanentes en el equipo de los "ceibistas".
Común a ambas carrozas,
merece destacarse: la búsqueda de soluciones expresivas con mayor uso
de la pintura de escenas para el decorado, la adopción de nuevos
materiales y el interés por mostrar temas y símbolos desde una
óptica renovadora.
Ingrediente primordial de
los festejos, la conga (incentivada por los festivales que organiza la
UNEAC habanera hace 5 años), emula aún con la música grabada, pero
con un protagonismo inusitado: la inclusión del rap (en la voz de
Enrique Contreras), los amplios y multitudinarios recorridos por la
ciudad, la reñida competencia de quintos, la fraternidad con las
congas de Santiago de las Vegas, Quivicán y Bejucal obligan a crear
espacios y apoyar la existencia de este género cubanísimo. Más que
Bejucal, la provincia de La Habana conserva un tesoro de congas en
todos sus municipios: una fuerza capaz de movilizar, recrear y
alegrar; una escuela de cultura popular y cubanía; un tesoro
ignorado, desestimado, que merece urgencia. Si bien las charangas,
cuyos orígenes datan de mediados del siglo XIX, no son únicamente
congas y carrozas, después que pasa la fiesta, ¿qué queda sino el
logro perdurable de una obra unida y cultural? ¿Qué queda, sino el
arte?
*Periodista, escritor y
presidente de la UNEAC en la provincia de La Habana.
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