Lo que el tiempo se llevó

Vivencias de pueblo en uno de los territorios más atrasados de Cuba antes de 1959, con un desarrollo hoy al ritmo del acontecer nacional

Texto y foto:Pastor Batista Valdés

LAS TUNAS.— Dulce Esther Rosales no tiene que salir de su apacible hogar (calle 32 número 16, en Buena Vista) para constatar fuera la obra de los últimos 45 años. ¿Qué es hoy su familia, si no un pedazo enraizado de Revolución?

Hoy la gente camina, sonríe, tiene aspiraciones.

Así lo piensa cada vez que se sienta a meditar.

"Yo no tuve el privilegio de nacer en un salón de partos —suele decirles a sus hijas y nietos— ni fui atendida en hogar de embarazadas, ni en consultorios médicos. Nací debajo de un árbol. Mi familia vivía pésimamente, en un ranchito con piso de tierra."

Para extirpar barbaridades como esa, a finales de la década de 1950 José Luis Escobar, su inseparable esposo, tomó la senda de los rebeldes. Años después retoñarían Rosa María, María Esther y Elly Esther. La primera se licenció en economía; las otras dos en estomatología.

Quién lo hubiera imaginado... En 1958 no había manos como las de Dulce y José Luis para el trabajo... pero no podían "dibujar" sobre el papel su propio nombre.

METAMORFOSIS

De todos modos, si Dulce sale a la calle a comparar los tiempos, lo primero que advertirá es que la pequeña vecinita Adriana Leyva acaba de venir a este mundo con más de ocho libras de peso, y que no se desprende del pecho de Liani, como tampoco el médico y la enfermera "se desprenden" de ellas dos.

Podría sorprenderse también al ver tanta gente por doquier. Es lógico: ya Las Tunas no tiene las 200 000 personas que reportaba el impreciso censo del año 1953. Las estadísticas ahora consignan más de medio millón de habitantes, que cada día caminan, sonríen, tienen aspiraciones. Aquellos, como recuerda Freddy Vázquez, deambulaban, penaban, morían.

Cuando Luis Manuel Quesada podía ver un televisor (y no había ni uno en el barrio de El Marabú), no conciliaba el sueño, emocionado. La dimensión espiritual de ese detalle no la pueden interpretar en su justa medida los miles de estudiantes que ahora duermen tranquilamente, tras alimentar su alma a pie de aula, con los adelantos del video, la computación o la televisión.

El haitiano Brinquí se habría infartado al ver "posarse" a los aviones en el mismo trillo por donde él caminaba hambriento y aquejado antes de 1959, cuando lo más notorio aquí era el viejo aserradero, una fabriquita de fideos y galletas, unas pocas panaderías, un matadero de ganado y un permanente "matadero de esperanzas humanas".

Destruir es fácil. Ahí está Irak. Construir requiere años. En estos 45, la aldea que siempre fue este lugar, vio empinarse toda una red de hospitales e instalaciones de salud, más de 700 escuelas en todas las enseñanzas, la inmensa fábrica de estructuras metálicas, los laminadores, industrias textiles, de muebles, de lámparas...

Si, ciertamente, la magia existiera, tal vez no habría que buscar otra explicación para entender esos "milagros" o la metamorfosis que sufrió aquel vetusto estadio, con unas graditas endebles y techo de guano.

Eduardo Martínez, consagrado y querido mecánico, se recuerda a sí mismo jugando pelota, descalzo, en un potrero. Sus nietos pueden practicar deportes ahora en las excelentes áreas del centro escolar Jesús Argüelles, en las salas polivalentes, en las once piscinas que tiene la ciudad, en el terreno de hockey sobre césped.

Esas, como las opciones que ofrece el sector de la cultura, siempre serán 100% más sanas que las que deparaba la década del cincuenta en La Choricera: prostíbulo tan "célebre" como las injustas palizas que propinaban un tal Marino Velázquez o el sargento Alemán, "distinguidas autoridades del orden", aunque con restos de sangre humana coagulada entre las uñas.

Una sangre muy distinta a la que alguien donó hace unos días en el hospital Ernesto Guevara, para que a la anciana Alejandrina Fernández le implantaran una prótesis total de cadera y continúe caminando y burlando el tiempo por encima de sus 79 almanaques.

Para Dulce y José Luis eso, o la baja tasa de niños fallecidos, no es magia. Es realidad, como la que está esculpiendo en suelo latinoamericano María Esther, su hija, empeñada en lograr que, si irremediablemente ven la luz allá niños bajo el follaje de un árbol (como Dulce, en la Cuba de ayer), a ninguno se le apague la mirada bajo un pequeño montículo de tierra, al Sur de una triste cruz.

 

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