Dos semanas de García Márquez en La Habana

Contar para vivirla

PEDRO DE LA HOZ

Mientras gana cada vez más lectores en diversas lenguas el primer tomo de sus memorias, Vivir para contarla, las dos últimas semanas de la existencia de Gabriel García Márquez en La Habana, merecen ser contadas para compartirlas por todos aquellos que lo supieron entregado a una de sus más entrañables pasiones, el cine.

EFEEl Gabo y Birri en la Fundación.

Sin violar en lo más mínimo el pacto de caballeros entre quien no dará nunca más una entrevista y quien por pudor jamás la pedirá —"el día que le diga que sí a un periodista, tendré que decírselo también a todos", me dijo con la razón de un colega que rara vez ejerció el género—, puedo asegurar que para Gabo, más allá de sentirse parte del Festival de La Habana, las mayores satisfacciones de esta temporada insular se desprendieron de la buena salud de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV) y la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (FNCLA).

En San Antonio volvió a la carga de su taller de guiones cinematográficos, esta vez en compañía del cineasta francés de origen griego Costa Gavras.

Cómo contar un cuento reunió a un grupo de cineastas en ciernes, una parte de los cuales se concentró en la EICTV para concluir una experiencia anterior y otra a fin de iniciarla.

Durante breves, pero intensas jornadas, los talleristas sometieron a la crítica colectiva, bajo la guía de García Márquez y las observaciones del director de Z y Missing, posibles argumentos y tramas. Lo esencial en cada caso consistió en desentrañar los difíciles y sinuosos vasos comunicantes entre la realidad literaria y su potenciación audiovisual, bajo la premisa de que siempre una buena historia tendrá posibilidades de llegar algún día a la pantalla.

Este último aspecto preocupa a Gabo, pero no le quita el sueño y hace para que tampoco este se le espante a los futuros cineastas. Él tiene la convicción de que en Iberoamérica el deseo de hacer cine salva los más espinosos obstáculos.

La Fundación cumplió 18 años y superó tiempos en los que parecía que el mundo se iba a acabar para las ideas nobles. En un momento me comentó que Alquimia, la directora ejecutiva de la institución que él fundó y preside, es una verdadera alquimista para llevar adelante los proyectos.

Gabo fue testigo en la Fundación de la convocatoria al Segundo Premio Anual de Ensayo sobre Cine en Iberoamérica y el Caribe, que persigue estimular la reflexión sobre cómo nos hemos ido haciendo una imagen de nosotros mismos.

Allí se reencontró con un viejo amigo, Fernando Birri, primer director de la Escuela de San Antonio, y compañero en los días del Centro Experimental de Roma, en los cincuenta del siglo pasado. Un nuevo compromiso nació entre ambos: la comparecencia del Nobel de Literatura en la curiosa exposición que Birri concibió junto al pintor y crítico cubano Antonio Eligio Fernández (Tonel), inaugurada hace pocos días en Casa de las Américas. Cuaderno de bitácora comprende una veintena de ilustraciones a partir del diario que Birri llevó en 1948, a bordo de una embarcación que surcaba las rutas fluviales de su Argentina. El cineasta y Tonel se conocieron en el 2002 mientras trabajaban como profesores invitados en el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, e intimaron intelectualmente hasta poner manos a la obra, diríase de manera literal, pues la mitad de los dibujos son a cuatro manos.

También —cómo no iba a hacerlo— vio cine. De América Latina y de otros lados del mundo, puesto que La Habana se convierte en cita privilegiada de los cuatro puntos cardinales de la filmografía actual. Desde la película de Wolfgang Becker, la más galardonada en la reciente edición del Premio de Cine Europeo, hasta el reflejo de la crisis peruana en los ojos que sí ven de Lombardi.

Ya en el plano de las pequeñas cosas, me permito contar dos momentos que revelan aspectos del pensamiento y la personalidad de García Márquez. Lo vi conmoverse ante la edición príncipe de Cien años de soledad, de Sudamericana, que le mostró amarillenta, pero invicta, la amiga argentina Dora Wuffen —"usted sí que es fiel con los libros", comentó—, y cuando la profesora alemana Petra Rohler lamentó no tener un ejemplar de El amor en los tiempos de cólera para que se lo firmase —su hijo debió haberlo regalado a alguna novia por conquistar— dijo: "Esa es mi mejor novela. Las otras son distintas, pero esa, para mí, es la mejor".

 

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