Bagdad, diciembre.— Debe de ser muy extraño ser
Anthony Lopercio, de la 82 división aerotransportada
estadounidense. Este soldado raso de 23 años ha sido enviado a
Fallujah, en la línea frontal de lo que para cualquiera de su país
es uno de los campos más hostiles del mundo.
Sin embargo, al mirar el monótono paisaje iraquí,
vigilando un mar de resentimiento hacia la ocupación extranjera, no
sólo se preguntará por los guerrilleros que contiene. También
estará atento por si descubre la corpulenta figura de su padre.
No hace mucho Michael Lopercio, restaurantero de
Tempe, Arizona, de 51 años de edad, resolvió que no le gustaba la
calidad de las noticias que recibía de la guerra a la que su hijo
había sido arrastrado. También se dio cuenta de que el conflicto
actual se alarga, y con él el tiempo que su hijo tendrá que
permanecer en Irak, donde ya cientos de jóvenes estadounidenses han
perecido. Entonces hizo las maletas y partió para Bagdad, para
averiguar por sí mismo lo que ocurría, y ver si había algo que
pudiera hacer al respecto.
''En Estados Unidos no nos han dicho la historia
completa'', explica. ''Los medios informan de los hechos —los
tiroteos y bombardeos—, pero nada nos dicen de los temas. No
cubren lo que realmente le ocurre al pueblo de Irak, a la
infraestructura del país y cómo todo esto afecta nuestras
probabilidades de éxito aquí.
''Es muy importante —añade— entender la
frustración de los iraquíes comunes y corrientes, lo infelices que
se sienten por el curso de los acontecimientos de los ocho meses
pasados.''
Obviamente, para el soldado Lopercio fue una
sorpresa la noticia de que su padre venía a unírsele en la zona de
conflicto. ''Se quedó de una pieza cuando lo llamé'', dice éste.
Todavía no ha obtenido permiso de verlo, pero espera recibirlo
antes de regresar a Estados Unidos, en los próximos días. ''Me
llevó cinco minutos convencerlo de que no le estaba jugando una
broma. Pero está muy emocionado por mí. Creí que no estaría de
acuerdo, pero me dijo que creía que sería una experiencia
increíble para mí.''
Su hijo tenía razón. Para Lopercio todo ha sido
increíble. Increíble que, ocho meses después del comienzo de la
invasión, aún fallezcan niños en los hospitales iraquíes por
falta de antibióticos. Increíble que las escuelas carezcan de
corriente eléctrica, de calefacción, de libros. Es increíble que,
durante la semana que ha pasado en Irak, las autoridades han montado
una costosa campaña de relaciones públicas al quitar los bustos
monolíticos de Saddam Hussein de la parte superior del palacio en
el que Paul Bremer, el administrador estadounidense, tiene su centro
de operaciones.
''¿Para qué diablos desperdician dinero en
derribar esas cabezas de Saddam del palacio de la autoridad de la
coalición, cuando podrían gastarlo en algo más significativo,
como llevar electricidad, calefacción y medicinas a los hospitales
iraquíes?'', pregunta Lopercio. Su misión requirió de
considerable valor personal, y no sólo por los peligros de ser un
estadounidense en Irak. Su deseo es cambiar las razones de su país
para ir a la guerra, pues la forma desastrosa en que su gobierno ha
manejado la secuela de la invasión no ha caído particularmente
bien en Arizona. Menciona que los programas de radio conservadores
de su localidad han comenzado a atacar a su esposa, que es
trabajadora social, después que ella concedió entrevistas a
algunos diarios respecto del viaje de su marido.
"Han estado leyendo al aire las entrevistas, y
haciendo comentarios ofensivos. Está un poco asustada".
Lopercio es parte de una delegación integrada por
nueve familiares de soldados estadounidenses y veteranos de guerra
que ha venido a Irak, dirigida por el grupo de derechos humanos
Global Exchange, con sede en San Francisco. La mayoría de los
integrantes del grupo se manifiestan contra la ocupación, si bien
algunos dicen que simplemente quieren ver por sí mismos la
situación en el terreno.
Entre ellos están Billy Kelly, cantinero
neoyorquino jubilado, de 60 años de edad. Pasó un año combatiendo
en Vietnam, en 1967. "No pasa un día sin que piense en lo que
ocurrió hace 35 años", expresa. Dice que vino a confirmar una
sospecha de que en Irak ocurre algo que guarda estremecedoras
similitudes con la amarga experiencia que él vivió estando en
filas. También a él le han llovido las críticas, y una de las
principales razones es que viene de Nueva York, blanco principal de
las atrocidades del 11 de septiembre. "Algunos de mis amigos
dicen que soy un traidor. Pero yo siento que la gente puede
aceptarme o no. Mi esperanza es que podamos tener un diálogo sobre
lo que está pasando. Todavía no se da. Por el momento sólo
tenemos diatribas de un lado o del otro."
La delegación tiene el propósito de cuestionar el
incesante torrente de retórica e información confusa que
desparraman los gobiernos estadounidense y británico para tratar de
justificar las operaciones en Irak. Otro del grupo es Fernando
Suárez del Solar, cuyo hijo Jesús Alberto, infante de marina, fue
uno de los primeros estadounidenses caídos durante la invasión...
víctima de una bomba de racimo lanzada por los suyos. Se ha vuelto
opositor activo a la política del presidente Bush en Irak,
denunciando la ilegalidad de la invasión y exigiendo el retiro
inmediato de las tropas estadounidenses. "Nuestra misión no
son las sesiones fotográficas", advierte. "Nuestra
misión es hablar con iraquíes comunes y corrientes y con soldados
estadounidenses para darnos una idea de cómo las cosas se han
vuelto tan terribles y qué podemos hacer para detener esta
violencia y llevar a los soldados a casa."
La delegación ha sido recibida con resonante falta
de entusiasmo por los militares estadounidenses y por los
funcionarios de la "coalición", quienes —al mismo
tiempo que se empeñan en persuadir a los medios internacionales de
que la mayor parte del país está libre de violencia— advierten
sobre los peligros de su visita.
Esto no ha detenido a Suárez del Solar, quien tiene
una misión personal que cumplir. Planea visitar el lugar en que
cayó su hijo y llevar a casa un frasco con el suelo que su sangre
regó. Lo pondrá en el parque que el muchacho solía visitar,
marcado con una rosa blanca.