|

Noche de premios
ROLANDO PÉREZ
BETANCOURT
Vistas recientemente, Dios
es brasileño, de Carlos Diegues y Tango asesino de
Robert Duvall (está última dentro de la muestra internacional),
dejaron en los ojos la sensación del camino trunco.
Dios es brasileño.
La sátira social de la
primera acerca de un Dios fatigado que va a Brasil en busca de un
relevo, permite apreciar una intención artística indefinida, a no
ser el viejo pesimismo de que los avatares del planeta son demasiado
complejos para intentar cambiarlos. Buena fotografía, retozo con un
ya manido realismo mágico y un humor rubricado a medias son
ingredientes del último filme de un buen director, ahora bastante
alejado del blanco.
En su doble condición
de director-actor, Robert Duvall, tras un prometedor comienzo,
resbala en la segunda parte de Tango asesino, una extraña
trama acerca de un asesino a sueldo que viaja a la Argentina en
busca de la cabeza de un militar responsable de la muerte de un
joven (o de muchos jóvenes). Un veterano killer
norteamericano en Argentina que se pone a bailar tangos (con su
mujer en la vida real), mientras le llegue la hora del pase de
cuentas. No imagino cómo tomarán en aquel país este sensible
asunto de muertes y desaparecidos durante el oscuro legado de los
militares, pero no es arriesgado aventurar al menos el desconcierto.
Sin contar la endeblez del entramado policiaco.
Noche de premios y por
lo tanto de posibles sorpresas (cada año, por este día, la misma
expresión florece sobre el teclado).
Aunque aún quedan
filmes por ver, puede decirse que este año no ha aparecido el peliculón
que en cada Festival todos buscan.
Carandiru, de
Héctor Babenco, pudiera ser el Ciudad de Dios del pasado
año, aseguran algunos, pero sin dejar de reconocer su calidad, un
bisturí al medio permitiría ver algunos puntos desfavorables para
el primero, como ya comentamos en esta sección.
En conjunto, Brasil,
contando con su participación de largos en el concurso de óperas
prima, vuelve a mostrarse potente junto a Argentina. Películas bien
realizadas a las que no hay que exigirles la categoría del bombazo
aplaudido por todos los públicos, pues sabemos a dónde suelen
llevar muchas veces esas pretensiones abarcadoras.
Es de esperar que
México, abundante en largometrajes en otros Festivales, y a veces
hasta dominante, se recupere del desconcierto neoliberal que vive su
cinematografía. Nicotina, la única en competencia, está
bien. Pero los espectadores se quedaron con deseos de ver más.
Chile sigue siendo la
gran promesa. Lo aquí visto hace pensar en las potencialidades de
algunos directores, no obstante los necesarios guiños comerciales
de la subsistencia. Solo necesita hacer más, deseo nada fácil para
una empresa cara, pero que con la llegada del video de alta
definición —tan abundante en este 25 Festival— facilita el
empuje de las puertas.
Reconforta ver a varias
películas cubanas en competencia. De todas ellas, la gran favorita,
y con mucha razón, es Suite Habana, la joya de Fernando
Pérez que tantas buenas críticas ha merecido. Una película que
tiene el inconveniente, sin embargo, de su clasificación a la hora
de acudir a Festivales. Ese equilibrar entre la ficción y el
documental es una complicación en el momento de votar para ciertos
jurados apegados a los géneros clásicos. Una dualidad genérica
que puede apreciarse en la reciente nominación de la película para
los premios Goya, donde aparece optando lo mismo en el acápite de
documentales que en el de mejor filme extranjero.
Las otras cintas
cubanas, aunque con logros parciales, se quedaron por debajo de lo
deseado. En el caso del único estreno del Festival, Roble de
olor, lo no poco dicho y escrito después de una sola
presentación hace dos meses —más en función promocional y
elogiosa que como tarea analítica— creó esas falsas expectativas
que tan poco ayudan a la hora de establecer un justo balance tras el
primer encontronazo.
Como el anterior, y el
otro y el otro... ha sido un Festival respaldado por cientos de
miles de espectadores. Un público que ahora mismo se mueve urgente
en pos de los cines y con la esperanza siempre insatisfecha de
¡abarcarlo todo!
Eso es lo grande de cada
cita y despedida: que uno siempre se quede con deseos de más.
|