Tres buenas pegadas

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT

Argot deportivo para el título de arriba, porque los tres filmes que aparecen hoy en esta sección tienen cada uno de ellos una pegada potente y a la vez distinta en sus proyecciones estéticas: Carandiru, B. Happy y El hombre que copiaba.

A Héctor Babenco se le conoce por su solidez narrativa y capacidad para atrapar al espectador en historias que suelen transitar el filo de la marginalidad. Cuando un filme como Carandiru, con dos horas y media de duración, transcurre sin que se tenga noción del tiempo, es que algo bueno está sucediendo. La historia es una denuncia de la matanza realizada por las Fuerzas Armadas en la prisión más grande del país, masacre en la que perdieron la vida 114 internos, mientras ni un solo soldado recibió un rasguño.

El director sabe que narra desde el infierno y de ninguna manera emprende una vía dramáticamente aplastante. Balancea entonces su mirada (o mejor, la inclina) para que asesinos y ladrones —a la hora de contar las causas de sus encierros mediante unos efectivos flash-backs— se tornen simpáticos y cercanos al afecto del espectador (quizá demasiado simpáticos). Una descripción un tanto colorista del universo carcelario descrito en un libro por el médico que allí trabajó, y a la que ningún daño le hubiera hecho un poco menos de aire justificativo a la hora de reflejar los delitos de algunos de los personajes principales. Babenco busca la ya señalada aproximación de estima con el espectador (y la logra) para resaltar aún más el contraste de la brutalidad con que el ejército pone fin a la sublevación. Por lo demás, Carandiru muestra no pocas excelencias en otros componentes, como las actuaciones, la música y la fotografía, todo lo cual la convierte en un excelente regalo para los espectadores, siempre a la caza de lo mejor y que desde ya están apostando por ella para la noche de los premios.

Imaginativa en su desarrollo argumental, El hombre que copiaba comienza siendo una sensible exposición de la vida de un joven que trabaja en una fotocopiadora y está subyugado por lo que parece un amor imposible, para terminar convertida en un thriller de tiros y correrías. Otro excelente desempeño del actor Lázaro Ramos, el mismo de Madam Satá, y a quien también se le puede ver en Carandiru. La primera parte de El hombre que copiaba deja apreciar una trama intimista que gradualmente, sin contar "grandes cosas", se gana el interés del espectador. Luego, aquel tono reposado acerca de los sueños y esperanzas de un pobre hombre que parece condenado a una vida sin sabores, salta al thriller tejido con argucia, pero con alguna que otra reverencia a la contentura taquillera, es decir, un happy end que no tenía que serlo tanto. Con todo, la película es una gran gozada.

Lo mejor de B. Happy es la aparente sencillez con que está contada la historia de esa muchachita de 14 años que parece haber nacido para sufrir muertes, cárcel, prostitución y otros encontronazos íntimos tan horrendos como aquellos . Densidad expositiva de Gonzalo Justiniano hábilmente recreada en cuadros cerrados, a la manera de diversos capítulos de una corta vida, y en los que tan importante resulta lo que se hace explícito como las magníficas elipsis, esas sugestivas contenciones, que bien valen el filme. Manuella Martelli, sin experiencia ante las cámaras, ofrece una actuación tan exacta de lo que ella representa, que bien pudiera servir de estudio a los que se inician en esos menesteres. Un desempeño detrás del cual se adivina la mano del probado director de actores que es Justiniano. Él, su película y su muchacha, deben estar en la baraja (cargada en lo que respecta a las actuaciones femeninas) de donde salgan los premios.

 

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