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Celebración y sentido concierto
ILEANA GARCÍA GARCÍA
La
noche del último sábado fue especial para la cultura musical cubana.
Por conmemorarse ese día los 75 años de la fundación del Auditorium
de La Habana —desdehace más de cuatro décadas conocido como Teatro
Amadeo Roldán—, el espacio de ese renovado recinto se llenó de
cálidas sonoridades y medulares significaciones: de conjunto con la
siempre atrayente presentación del maestro Frank Fernández, tuvo
actuación nuestra Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por el
maestro Enrique Pérez Mesa, ampliada en esta oportunidad por los
miembros del conjunto sinfónico de Holguín.
Para quienes estuvimos en
el público asistente, se trató de un suceso de auténtico arte. Se
pudo escuchar un programa que incluyó la obertura Leonora No.
3 Op. 72a de Beethoven y las Danzas polovtsianas de la ópera "El
Príncipe Igor" de Borodin, ejecutadas con acierto por la agrupación
instrumental, además del Concierto no. 5 Emperador, en Mi
bemol Mayor, Op. 73 del ya nombrado compositor alemán, donde se
produjo un excelente equilibrio de expresión entre el colectivo de
instrumentistas y el experimentado artífice del piano, a la vez que
éramos testigos de una concepción abierta y nada "elitista" por los
profesionales de la institución habanera y los de la región oriental
que enlazaron sus facultades para transmitir el espíritu
beethoveniano con sus intensos sonidos, lo que también demostró que
las posibilidades artísticas de Cuba, no se circunscriben a la
capital del país.
Desde el punto de vista de
una específica estética musical, habría que señalar algunos
detalles generales que sobresalieron en la realización del concierto.
Primero, la búsqueda de soluciones de comunicación con los oyentes,
que junto a las propias del estilo, se manifestaron en el
aprovechamiento de los silencios, la fuerza de la masa orquestal y
hasta la disposición de la trompeta en un ánguloalto de la gran
sala, para conseguir así sensaciones de espacialidad y la inmersión
del público en el tramado ambiental de los sonidos. Segundo, una
armonización de todos los miembros de la orquesta, no obtenida
siempre en otros conciertos. Y tercero, el haber alcanzado una puesta
musical orgánica en la cual el solista y la orquesta estuvieron en su
justa medida, respetándose el papel asignado por la partitura a cada
uno, y estableciéndose asimismo una dinámica y rica compenetración.
Frank nos entregó otra de sus lecciones de pianística, sensibilidad,
inteligencia y comunión con los demás intérpretes. Pérez Mesa
mostró mucho de lo que puede lograr una acertada dirección
orquestal. La "dual orquesta" nos estremeció con la plenitud de sus
entrelazadas capacidades. Bastaría detenerse en el segundo movimiento
del Emperador para apreciar la calidad de la ejecutoria:
balance efectivo de los componentes, precisa conducción de la frase,
elocuente expresividad y un cantabile que realzó el lirismo
implícito en las melodías. Puede afirmarse que lo anotado por Luis
M. Molina en las notas al Programa: ("el movimiento se convierte en
una pugna de voluntades entre la orquesta y el piano, que entablan un
poderoso diálogo entre sí") cobró activa presencia en esta cubana
versión de la universal obra de Beethoven.
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